sábado, 5 de mayo de 2012

Cortar por lo sano


Hoy el clima no me ayuda con la tarea. Desde muy temprano ha estado caluroso y especialmente húmedo. Tirar del rodado por las calles empedradas de Jacinto Vera me hace vibrar toda la osamenta.

Veremos que nos depara la suerte en el próximo contenedor porque hasta ahora parece que se me adelantaron los Miguez que son como la langosta. ¡Todo les sirve!

Por suerte este está mejor provisto de elementos utilizables. De ese paraguas se pueden rescatar la tela, el mango, el eje central y algunas varillas. Se ve que al dueño lo agarró la lluvia con viento que tuvimos hace un par de horas. En aquella bolsa de polietileno blanco parece que hay unos trozos de pizza; uno de ellos está mordido. Por el diámetro de la dentellada lo dejó algún niño pequeño que desaprobó su sabor. ¡No está mal! En este barrio siempre usan demasiado ajo, pero es bueno para el aparato circulatorio y hasta hay un laboratorio que lo vende en comprimidos.

Este par de romanitas (ojotas javaianas) rosadas está casi nuevo. Parece que eran de una señora con sobrepeso porque la suela está intacta pero el espesor se muestra comprimido como si tuviera mucho uso. ¡Confirmado, los Miguez no pasaron por acá!

En otros barrios le ponen carteles a los trozos de vidrio para que uno no se vaya a lastimar, pero acá omiten esos detalles. ¡Cuántos platos antiguos rotos! Quizá algún viejo aparador finalmente fue carcomido por las polillas. No, debe de haber sido un trinchante porque si hubiera sido un aparador tendrían que estar por acá una cantidad de copas y la jarra de clericó.

Voy a tener que meterme adentro porque allá veo una cajita envuelta en papel de regalo y no es la primera vez que una persona enamorada tiene un gesto destructivo por despecho, sin tener en cuenta el valor extrínseco de lo que desecha.

¡Caramba, que pesadito que es en proporción a su volumen! Debe contener algodón mojado por las lágrimas de una mujer enamorada. ¡Qué loco que soy! Hoy me levanté con la vena romántica a flor de piel. A ver que tenemos acá: ¡Oh cielos! ¡El anular completo de una mujer joven! ¿Se le habrá atorado la alianza?

(Este relato se basa en lo que “soñó despierta” una paciente que se sintió desairada porque “su primer hombre de épocas liceales”, ahora recibido de médico, no la saludó al cruzarse con ella en la panadería del barrio y por eso lo imaginó arruinado, trabajando como hurgador de basura. Por supuesto que me autorizó a realizar esta publicación.)

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domingo, 1 de abril de 2012

Barcinoterapia

Bien podría haber trabajado en un circo de esos que recorren el país y que sacan gente de donde no hay porque, hasta su instalación, nadie habría imaginado que pudieran juntarse ochenta o noventa personas para llenar la pequeña carpa.

Pero el circo es magia, es ilusión, es fantasías, es sueño, y mi padre tenía todas las condiciones para ejercer ese oficio: encargarse de hacer la propaganda con alto-parlante, pedir permiso en la comisaría, convencer al bolichero de que le preste el baldío porque aumentarán las ventas y el prestigio del establecimiento, cobrar las entradas, acomodar los espectadores sobre los confortables tablones y luego realizar un espectáculo que deje con la boca abierta a toda la paisanada, y que, milagro aún mayor, inmovilice a los desorbitados gurises.

Pero en la realidad ese no fue su oficio, ... aunque insisto, podría haber sido. Condiciones no le faltaban. Como agente viajero (que sí fue), sus regresos a Montevideo eran un acontecimiento para nosotros. Con nosotros me refiero a mi hermano y a mí, porque, vaya uno a saber por qué, las cosas con mi madre eran bastante diferentes. Ella se ponía nerviosa, de mal humor, y en sus encuentros hacían algo rarísimo: ¡se gritaban en voz baja!

Han pasado muchos años desde aquella niñez y aún no he logrado discernir si sus relatos eran o no realidad. Juro que no he podido. Bueno, en realidad me encontré con alguno de sus innumerables amigos y reconozco que no me he animado a procurar algún tipo de constatación. Tengo miedo de que por ahí, en el acierto o en el error, puedan pasarme algún dato que borronee la imagen que conservo de él.

Parte de su magia se basaba en el factor sorpresa. Tampoco sé si se tomaba mucho tiempo en pergeñar sus ocurrencias o surgían naturalmente de su talento. Recuerdo una vez cómo logró revertir en segundos un profundo decaimiento que padecía yo por culpa del sarampión. Su medicina consistió simplemente en agacharse para saludarme y dejar caer sobre mi pecho, como por accidente, un librito lleno de historietas. ¡Santo remedio! dijo mi abuela, que no salía de su asombro.

Pero lo que me acompañará toda la vida fue algo impresionante. Mi historia estaba muy complicada por la enuresis nocturna. Pasaba el tiempo y cada vez me sentía más desgraciado, culpable, digno de ser expulsado de mi casa con toda razón. Mis padres también estaban preocupados pero sobretodo por mi desesperación. Un día llegó mi padre de la feria con dos o tres chismosas llenas de comestibles y me dice con esa carita de zorro tan particular: «En esta bolsa hay una sorpresa para el que se anime a meter la mano». Luego de pensarlo unos segundos, metí la mano en la bolsa y la retiré horrorizado. Había tocado una cosa peluda que se movía despacito. Él se hizo el que no vio nada y me animé a un segundo intento. Saqué de la bolsa un precioso gatito barcino que se convirtió en uno de mis amigos más fieles porque, sin protestar, nos dejó culparlo de las mojaduras nocturnas que rápidamente se fueron distanciando hasta desaparecer.

(Relato Nº 35)

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domingo, 4 de marzo de 2012

Prematuridad senil

Está perdido en esta ciudad donde millones viven abrazados por la soledad. Hace años que recorre sus veredas llenas de cuerpos apretujados y ansiosos. Muchos gesticulan ¿hacia un acompañante que los ignora?, ¿hacia un amigo que perdieron cuadras o años atrás?, ¿para sus adentros?, ¿cantan?, ¿deliran?

Con los pies desnudos y los ojos llenos de arena, convive con el aire de la peor manera. En alguna de sus aspiraciones asmáticas también se le coló el desaliento. Alguna vez supo cuál fue el paso anterior, pero hace tiempo que ignora qué hace acá.

Su boca está tan seca como su esperanza y su saliva es tan blanca y espumosa como la de un animal rabioso. Cuando la traga es una bola de fuego.

El corazón late al ritmo del torrente que corre como un huracán metálico. Cuando el sinuoso ambular lo acerca al pavimento, el débil cuerpo se estremece por el ruido del torbellino. Sin embargo su cabeza está llena de silencio. No hay un antes ni un después. El presente es el dolor que trota por los huesos, sin detenerse, sin ceder.

Pronto el camino infinito que se mueve bajo sus pies parece detenerse sin explicaciones. Un recuerdo imprudente irrumpe en su amnesia. Los ecos mudos parecen disiparse desde la distancia.

El indómito destino que lo trajo hasta aquí parece haberse acobardado por un miedo tan familiar como desconocido. El corazón ya no late al ritmo del tráfico sino que rebota incitado por el terror que lo mira a los ojos.

Se resiste a continuar pero sus pies se arrastran traicionándolo.

Cada jadeo parece el último, el horizonte se inclina, los edificios giran, tambalean sus piernas, no siente el golpe contra las baldosas. El cielo color plomo se abre para dejar pasar un destello azul. Enseguida se cierra. También sus párpados.

La pestilente humedad de su cuarto le asegura que algo no sucedió aún. Suspira decepcionado y se seca la frente con una mano llena de sudor que huele a sangre. Intenta cambiar de posición pero no puede. Le faltan fuerzas o alguna parte del cuerpo. Quiere pensar, quiere orinar, quiere beber, no quiere vivir.

(Este es el relato Nº 34)

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domingo, 5 de febrero de 2012

Mío dijo el gato...

— Perdón, ¿usted no se da cuenta que está dentro de mi casa?

— ¿Quién le dijo a usted que este terreno es suyo? Yo no veo ningún cartel que diga que esto le pertenece.

— Me parece que no sabe con quién se está metiendo. Mire que por motivos más insignificantes muchos como usted han salido lastimados y alguno también ha muerto.

— Parece que el señor pretende amenazarme. ¡Mire cómo tiemblo! ¿No se vio la pinta? ¿A quién puede impresionar?

— Creo que si continúa con esa actitud, no pasará mucho tiempo antes de que se arrepienta. Trate de no entrar en un camino sin retorno porque yo no ando con chiquitas. ¡Salga de mi terreno ahora!

— ¡No salgo nada! Y hasta le digo más mire, me parece que me estoy enojando con su prepotencia y que en cualquier momento el que va a tener que irse es usted. ¿Entiende lo que le digo?

— Yo vivo acá desde hace muchísimo tiempo y con mi compañera criamos a todos nuestros hijos y nadie, mire lo que le digo, nadie medianamente educado puede desconocer que este lugar es mío y sólo mío. Esta vegetación me pertenece, esta sombra es mía y de mi familia, nosotros criamos a nuestros hijos bajo la protección de este follaje y nadie tiene el derecho a poner en duda que somos los únicos dueños. Nadie más que nosotros puede vivir acá.

— Usted puede decir lo que quiera y el hecho de que hasta ahora haya vivido en este lugar no le asegura para nada que alguien tan fuerte como yo, no venga como vengo ahora y lo saque a patadas a usted y a toda su parentela.

— Esto ya está adquiriendo un tono totalmente desproporcionado y queda absolutamente claro para cualquier que lo juzgue, que usted es el único agresor, que yo estaba acá muy tranquilo cuando a usted se le ocurrió meterse en el lugar donde yo hace mucho tiempo que soy dueño.

— Mire señor bla-bla-blá, ya que parece tan erudito sabrá que los machos, cuando no se ponen de acuerdo, tienen una única manera de resolver sus diferencias. Con esto le estoy diciendo claramente que se ponga en guardia porque no soy de atacar a traición. ¡Defiéndase!

— ¿Así que usted me desafía a pelear y no está dispuesto a atender mis razones? Está bien: ¡Estoy en guardia! ¡Atáqueme cuando quiera y luego no me pida clemencia porque conmigo no se juega! ¡Atáqueme!

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Dos enamorados caminan por el parque besándose, extasiados el uno con el otro, sin saber que aplastaron a dos insectos que se disponían a morir por sus creencias…

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(Este es el relato Nº 33)

martes, 24 de enero de 2012

Jesucristo son los padres

Avanzan a campo traviesa sobre la interminable pradera que allá a lo lejos deja ver la blanquísima capilla de los infinitos milagros.

Van vestidos como hace ochocientos años, con el mismo hábito marrón y un lazo de algodón torneado con tres o cinco nudos. Las sandalias obligan al caminante a que nunca deje de andar porque se congelarían sus pies en tan fría mañana.

Como un coro disciplinado, todos piensan en Dios, en su infinita grandeza y misericordia.

Quienes los observamos desde la cabaña, comentamos que ese ideal representa el secreto deseo de retornar a la edad maravillosa en que la madre también poseía esa infinita grandeza y misericordia. Todos lo resolvemos de alguna manera. Ellos utilizan una religión y nosotros utilizamos el psicoanálisis, el que para muchos no deja de ser también un credo, una doctrina o un dogma.

Estos sacerdotes nos aventajan en que poseen una gran esperanza que les alegra la existencia, mientras que nosotros tenemos que conformarnos con vivir en una miseria inmejorable. Ellos no le temen a la muerte porque les espera una vida aún mejor y nosotros luchamos contra la certeza de ese fin absoluto y radical, creyendo esporádicamente que podemos controlar el horror.

A la larga procesión de franciscanos llega corriendo un rezagado. Codea al último y le pregunta agitado:

— Vo valor, ¿pa dónde pisa esta vagancia?

El sacerdote sale sobresaltado de su concentración y lo mira como si este personaje fuera el mismísimo demonio.

— ¿Cómo dices hermano?

— ¿De qué va esta mucha de marrones, man?

— ¿Quién eres tú que jamás te vi? ¿Cómo tienes ese hábito?

— No, no tengo hábito, pero un rulo que venía contigo me regaló esta bata porque le comí el cantor entre los yuyos y lo dejé pila pila. ¿Sale alguna lágrima encanutada ahí, pelo?

— ¡Pero de qué hablas, hijo mío! ¿Me estás diciendo acaso que el hermano Rubén te obsequió su atuendo a cambio de un servicio sexual que tú le brindaste y que mucho lo alegró?

— Si ta, todo joya, pero ¿pa dónde pisan tantos capuchas? ¿Hay joda grosa?

— (El fraile murmura) ¡No puedo creer que Rubén haya logrado ceder a sus impulsos ante este vulgar muchachote de tan bellas facciones!

— ¡No! ¡Pará amistá! ¡Mirá que si no me doy un latazo ya, te dejo sin jolgorio, eh!

— ¡Uah! I feel good. (1)

(1) Esta exclamación es la primera línea del tema homónimo interpretado por John Brown.

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domingo, 25 de diciembre de 2011

Morosidad terráquea

Hace un tiempo yo les contaba que recalo a diario en un boliche (Bar mixto El Crujido – Carreras Nacionales esquina Emilio Zola) único en su especie por su gente, porque ahí se reúnen parroquianos y un gato dormilón, todos ellos con elevadísimos logros filosóficos y bajísimos perfiles.

Por ejemplo, a ninguno de ahí se le ocurre hablar de sí mismo en tercera persona del plural. Esa locura no tendría cabida. Cuando alguien dice «nosotros», seguro que se refiere a él y a alguien más, pero jamás a él solo.

En realidad debo rectificarme porque hacía semanas que no iba y justo ayer no aguanté más la abstinencia ... de filosofía, de gente brillante, de esa exquisita locuacidad de pocas palabras, de largos silencios llenos de contenido y meditación. Hay veces que sólo se escucha el ronroneo del gato (si la heladera está apagada, claro).

Estábamos en plena meditación independiente cuando el Gordo Calvo largó:

— Vieron que a la morosidad no la para ni Cristo, ¿no?

Paulatinamente la gente empezó la operación retorno, muy lentamente, mirándolo fijo al Gordo como si fuera un faro que orienta al navegante. El quiosquero disimuló el estupor sirviéndose un poco más de cerveza tibia; Gladys modificó el cruce de piernas; Cacho Gómez se miró la punta de los zapatos como si nunca hubieran estado ahí; el bolichero aprovechó para secar un poco más el mármol del mostrador, con una rejilla que le salió muy buena porque lleva años de uso.

— Hasta el Pepe Mujica no sabe para dónde agarrar —continuó Calvo (Pepe Mujica es un carismático operador político en Uruguay-2006).

La hermana más chica de Gladys, que se electriza por participar y demostrarle a todo el mundo que la inteligencia es de familia, dijo:

— Y, desde que el mundo es mundo, nadie quiere devolver lo que recibió prestado...

A Estercita le volvió el alma al cuerpo porque cuando Gladys no se encrespa con sus intervenciones, es porque las ratifica.

— ¡Y si! —dije yo como forma de expresar cuánto me gustan las ganas que tiene la gurisa de superarse.

— La cosa tiene raíces muy profundas pero sencillas a la vez —arrancó Gladys, restregándose ambas manos entre las rodillas como si tuviera frío. —Yo estaba calculando que un individuo a los 15 años ya está pronto para reproducirse, o sea que si tiene un hijo, en otros 15 años ya puede ser abuelo. Entonces, alguien con 30 años ya hizo todo lo que tenía que hacer. Como el cuerpo de uno está compuesto por materiales que son del planeta, a esa edad se nos vencería el vale y habría que pagarlo, para lo cual primero hay que morirse. Por culpa de la morosidad, así estamos ¡llenos de viejos!

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martes, 6 de diciembre de 2011

Aborto a bordo

Querido papá:

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien. Yo la voy llevando y no me puedo quejar. Las cosas acá son diferentes a lo que yo estaba acostumbrado, pero como siempre me lo dijiste «Si otros pueden, ¿por qué no vas a poder vos?».

Las dificultades de adaptación me desvelan y paso muchas horas tirado en la cama mirando el techo y tratando de entender por qué todo se me hace tan difícil. Inevitablemente busco causas, culpables, responsabilidades, errores.

Siempre tuve una vida muy cómoda cuando vivía con ustedes y vos te hacías cargo de todo lo que mamá y yo necesitábamos. Nunca me faltó nada. Hasta me pasaste el auto cuando te compraste uno nuevo porque el concesionario te lo tomaba por muy poco dinero. Mi popularidad entre mis amigos subió mucho con ese auto porque era mejor que el de sus propias familias. Creo que a Margarita la conquisté gracias a él ... a vos, debería decir en realidad.

El otro día, hablando con una compañera de facultad, me decía que por mis argumentos sobre ecología filosófica le vinieron ganas de soltar el zorzal que tienen en la casa pero que se arrepintió porque la madre le dijo que por haberse criado en cautiverio no llegaría a la noche sin que algún gato se lo comiera.

Las meditaciones de esta madrugada me llevaron a compararme con ese pobre zorzal, que canta como Gardel pero que probablemente sea su forma de gritar por una libertad que los humanos no queremos darle para hacerle un bien.

Sería muy ingrato de mi parte decir que fuiste demasiado bueno conmigo y que me convertiste en un inútil por no privarme de nada. Pero debo confesarte que tu bondad la estoy sintiendo como un error garrafal que, si algún día soy capaz de tener un hijo, trataría de no repetir.

Con el profesor de Arte Azteca nos llevamos muy bien y hablamos mucho. Cuando le contaba esta especie de ingratitud que tengo hacia vos y que tanto me mortifica, él me decía que a veces sucede que los padres, no es que sean tan buenos como parecen, sino que anulan a los hijos con su generosidad como forma de sacarse de encima a quienes algún día pueden disputarle su poder familiar.

Algo parecido creo que pasó con mamá, porque ella me ha insinuado que se siente atrapada en una especie de chantaje porque no deja de ser un triste satélite tuyo y no tiene ni argumentos ni voluntad para salir de esa condición. Nunca me lo dijo con esas palabras —y te pido que por favor no se lo preguntes—, pero ahora que estoy lejos de ustedes comprendo mejor su tristeza, desgano y sobrepeso.

Siempre estuviste acostumbrado a mandar y a que te obedeciéramos. Tu generosidad funciona como una varita mágica que nos maneja a todos como si fuéramos marionetas.

Es insólito que me esté quejando de algo que tantos hijos desearían para sí, pero después de darle muchas vueltas al asunto, estoy bastante seguro que mis bajas notas en todas las asignaturas que me exigen creatividad, pueden estar motivadas porque «gracias a vos no necesito nada», lo cual, aunque parezca disparatado, equivale a funcionar como un cadáver.

Cambiando de tema, sabés que quizá te tenga que pedir una remesa especial porque Margarita tiene un atraso de tres semanas y ya acordamos que este tampoco lo queremos tener. Después te digo cuánto me tenés que mandar.

Un beso de tu mejor (y único) hijo.

Tola

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