miércoles, 1 de noviembre de 2017



Mi plato de arroz


En mi casa paterna escaseaba el dinero. Siempre había conversaciones sobre cómo mejorar los ingresos. Mi padre parecía un tipo feliz, apasionado por las novelas y mi madre parecía una desgraciada. Muy llorona. Lo bueno de todo esto fue que nunca me faltó un plato de arroz ni chistes bien contados. Los dos me hacían reír. 

Después de una conversación que tuvieron en su dormitorio, se levantaron con la decisión de vender unos cuadros que había pintado ella.

Al mediodía volvió llorosa porque el de la galería de arte le había calificado sus obras de “simples fotografía al óleo”. Esa triste historia quedó guardada y cada poco tiempo la repetían.

Hace un rato estaba mirando unos cuadros de Leonardo Da Vinci y pensé que también son fotografías en colores, hechas mucho antes de Kodak. El de la galería tenía razón: mi madre copiaba la realidad tal cual es. Yo la admiraba por eso, pero en realidad hacia copias. Perfectas, pero copias. Por suerte seguí teniendo mi plato de arroz.

miércoles, 22 de julio de 2015

La historia que usted escribió

La cámara toma un plano intermedio con una niña que corre detrás de un tren que se aleja aumentando su velocidad. La niña sigue corriendo cada vez más retrasada, hasta que finalmente deja de correr y se queda mirándolo. La cámara sigue en el mismo lugar.

En la escena siguiente se nos muestra a una joven mujer, de piel tostada, con un fino pañuelo de seda que cubre su cabellera y se anuda en la barbilla. Un primerísimo plano muestra una lágrima incipiente en un rostro imperturbable, con la mirada fija en algún punto ubicado en el paisaje exterior.

En la escena siguiente, vemos y oímos a un señor que discute acaloradamente en un idioma que podría ser árabe por la abundancia de sonidos con «j», gesticula furioso y dibuja sobre un cuaderno flechas repasadas varias veces, habiendo en un caso, rasgado el papel por la presión de su trazo.

Esa niña, de unos 10 años, vive en esa comarca por donde pasa el tren una vez por día y no puede suspender su juego de seguirlo cuidando de pisar siempre sobre los durmientes. Hace mucho tiempo que tiene esta práctica y la abuela está cansada de decirle que deje de hacerlo porque puede accidentarse.

Esa joven mujer tomó este tren en una estación lejana y se dirige a una gran ciudad porque concursará para ingresar en una escuela de baile muy prestigiosa y exigente. Alguna mota de polvo irritó su conjuntiva ocular y eso le produjo la mencionada lágrima.

El supuesto árabe, es un turco que está muy enojado porque un cliente coterráneo suyo se niega a pagarle una mercadería que le compró hace tiempo, alegando que no poseía la calidad acordada, cosa que nuestro personaje niega categóricamente y está convencido de que está siendo objeto de una estafa.

Tengo que disculparme con usted porque quizá pensó en algún momento que estas tres personas en tres situaciones diferentes, tienen alguna vinculación.

Nos pasa a todos, nuestra cabeza tienen como una manía asociativa y arma relatos prácticamente de la nada. En este caso usted no acertó, pero ya le digo: nos pasa a todos.



viernes, 26 de junio de 2015

Lo que va quedando



Durante cuántos cientos de horas habré estado mirando aquella caja toráxica enorme, fuerte, musculosa, apenas cubierta por una camisa semi transparente.

Las manos, de dedos cortos y uñas grandes, un anillo con su monograma y otro con una piedra clara.

La foto habría sido tomada alrededor de 1960 en un lugar que desconozco. Me la regaló mi abuela y la tomé como la herencia de un modelo de hombre al que yo quería incorporar mirándolo ambiciosamente.

¿Por qué tanta necesidad de parecerme a mi padre? Muy fácil después de saberlo: Porque con ese tórax y esas manos habría conquistado nada menos que a una mujer como mi madre.

En una foto manualmente coloreada, ella lucía como una diosa del cine, con uniforme colegial, sonrisa amplia, serena, segura. Excepto la cara y las manos, todo lo demás estaba cubierto por la vestimenta. En mi fantasía yo tomaba los libros que ella abrazaba, los apoyaba sobre una silla, le quitaba el uniforme, la imaginaba rodeada por ese pecho y esas manos que podrían ser las mías.

Finalmente se produjo el encuentro con «el modelo de mi vida». En un lugar muy discreto, aquel monumento al hombre capaz de conquistar a la mujer de mis sueños, se notaba muy golpeado por la vida.

Aunque ya había pagado su deuda con la sociedad, alguien real o ficticio lo perseguía. Nos encontramos en un modesto bar próximo a los tugurios portuarios, y aquel tórax monumental se había ido, las manos eran delgadas y frágiles. Demoré unos minutos en convencerme de que ese era mi padre.

Lo que ahora recuerdo de este segundo modelo paterno es una intensa mezcla de aguardiente, loción de afeitar, pomada de zapatos y el olor de un varón derrochado.


domingo, 10 de mayo de 2015

Sueños minuciosos



Por lo que he visto en la tele, mi vida ha sido bastante normal, aunque la gente que me rodea parece tenerme lástima.

El hecho es que mi madre me tuvo siendo soltera (hay miles de novelas donde pasa eso), pero cuando yo tenía 6 año me enfermé de poliomielitis. Esta es una enfermedad que produce parálisis —en mi caso de las piernas— y también hay muchas historias de paralíticos en sillas de ruedas.

Se ve que ella no me pudo mantener y cuando yo tendría unos 9 años me recibieron en la casa de los padres de ella. Al poco tiempo dejé de verla y me contaron que se había ido a probar suerte en otro país.

Veía muchas películas en la que los chicos de mi edad iban a la escuela y hacían deberes pero a mi nunca me molestaron con esas cosas.

Lo que realmente me molestaba —debo reconocerlo— era que mi abuelo (bastante más joven que mi abuela), soñaba todas las noches y como parece normal, cuando contaba lo que había soñado, se acordaba de algunas partes y de otras no.

Pues cuando empezaba a contar esas narraciones sin pie ni cabeza, mi abuela, como para demostrarle que se interesaba por esos disparates, le preguntaba y le preguntaba miles de detalles y eso duraba hasta cerca de la una de la tarde que era cuando almorzábamos. Después dormíamos la siesta.

Felizmente, mi abuelo no soñaba en la siesta.

Un día murió mi abuela y se terminó el suplicio matutino.

Habrían pasado quizá 15 días cuando siento que mi abuelo grita y habla solo en una habitación donde ella tenía un santuario lleno de imágenes, estatuas, lirios, candelabros y olores increíbles.

Ese ruido no me molestó porque justo yo estaba mirando una escena de combate donde no hablaba nadie y en eso sale mi abuelo de la habitación abrazando una bolsa enorme llena de euros arrugados.

Cuando logró calmarse me contó la increíble historia de que la abuela había descubierto que en sus sueños estaban los números de la lotería diaria y que ganaba millones con eso.

Como por la tele no he visto una historia como esta, no sé qué pensar.