domingo, 4 de marzo de 2012

Prematuridad senil

Está perdido en esta ciudad donde millones viven abrazados por la soledad. Hace años que recorre sus veredas llenas de cuerpos apretujados y ansiosos. Muchos gesticulan ¿hacia un acompañante que los ignora?, ¿hacia un amigo que perdieron cuadras o años atrás?, ¿para sus adentros?, ¿cantan?, ¿deliran?

Con los pies desnudos y los ojos llenos de arena, convive con el aire de la peor manera. En alguna de sus aspiraciones asmáticas también se le coló el desaliento. Alguna vez supo cuál fue el paso anterior, pero hace tiempo que ignora qué hace acá.

Su boca está tan seca como su esperanza y su saliva es tan blanca y espumosa como la de un animal rabioso. Cuando la traga es una bola de fuego.

El corazón late al ritmo del torrente que corre como un huracán metálico. Cuando el sinuoso ambular lo acerca al pavimento, el débil cuerpo se estremece por el ruido del torbellino. Sin embargo su cabeza está llena de silencio. No hay un antes ni un después. El presente es el dolor que trota por los huesos, sin detenerse, sin ceder.

Pronto el camino infinito que se mueve bajo sus pies parece detenerse sin explicaciones. Un recuerdo imprudente irrumpe en su amnesia. Los ecos mudos parecen disiparse desde la distancia.

El indómito destino que lo trajo hasta aquí parece haberse acobardado por un miedo tan familiar como desconocido. El corazón ya no late al ritmo del tráfico sino que rebota incitado por el terror que lo mira a los ojos.

Se resiste a continuar pero sus pies se arrastran traicionándolo.

Cada jadeo parece el último, el horizonte se inclina, los edificios giran, tambalean sus piernas, no siente el golpe contra las baldosas. El cielo color plomo se abre para dejar pasar un destello azul. Enseguida se cierra. También sus párpados.

La pestilente humedad de su cuarto le asegura que algo no sucedió aún. Suspira decepcionado y se seca la frente con una mano llena de sudor que huele a sangre. Intenta cambiar de posición pero no puede. Le faltan fuerzas o alguna parte del cuerpo. Quiere pensar, quiere orinar, quiere beber, no quiere vivir.

(Este es el relato Nº 34)

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