— Perdón, ¿usted no se da cuenta que está dentro de mi casa?
— ¿Quién le dijo a usted que este terreno es suyo? Yo no veo ningún cartel que diga que esto le pertenece.
— Me parece que no sabe con quién se está metiendo. Mire que por motivos más insignificantes muchos como usted han salido lastimados y alguno también ha muerto.
— Parece que el señor pretende amenazarme. ¡Mire cómo tiemblo! ¿No se vio la pinta? ¿A quién puede impresionar?
— Creo que si continúa con esa actitud, no pasará mucho tiempo antes de que se arrepienta. Trate de no entrar en un camino sin retorno porque yo no ando con chiquitas. ¡Salga de mi terreno ahora!
— ¡No salgo nada! Y hasta le digo más mire, me parece que me estoy enojando con su prepotencia y que en cualquier momento el que va a tener que irse es usted. ¿Entiende lo que le digo?
— Yo vivo acá desde hace muchísimo tiempo y con mi compañera criamos a todos nuestros hijos y nadie, mire lo que le digo, nadie medianamente educado puede desconocer que este lugar es mío y sólo mío. Esta vegetación me pertenece, esta sombra es mía y de mi familia, nosotros criamos a nuestros hijos bajo la protección de este follaje y nadie tiene el derecho a poner en duda que somos los únicos dueños. Nadie más que nosotros puede vivir acá.
— Usted puede decir lo que quiera y el hecho de que hasta ahora haya vivido en este lugar no le asegura para nada que alguien tan fuerte como yo, no venga como vengo ahora y lo saque a patadas a usted y a toda su parentela.
— Esto ya está adquiriendo un tono totalmente desproporcionado y queda absolutamente claro para cualquier que lo juzgue, que usted es el único agresor, que yo estaba acá muy tranquilo cuando a usted se le ocurrió meterse en el lugar donde yo hace mucho tiempo que soy dueño.
— Mire señor bla-bla-blá, ya que parece tan erudito sabrá que los machos, cuando no se ponen de acuerdo, tienen una única manera de resolver sus diferencias. Con esto le estoy diciendo claramente que se ponga en guardia porque no soy de atacar a traición. ¡Defiéndase!
— ¿Así que usted me desafía a pelear y no está dispuesto a atender mis razones? Está bien: ¡Estoy en guardia! ¡Atáqueme cuando quiera y luego no me pida clemencia porque conmigo no se juega! ¡Atáqueme!
………
Dos enamorados caminan por el parque besándose, extasiados el uno con el otro, sin saber que aplastaron a dos insectos que se disponían a morir por sus creencias…
........
(Este es el relato Nº 33)
domingo, 5 de febrero de 2012
martes, 24 de enero de 2012
Jesucristo son los padres
Avanzan a campo traviesa sobre la interminable pradera que allá a lo lejos deja ver la blanquísima capilla de los infinitos milagros.
Van vestidos como hace ochocientos años, con el mismo hábito marrón y un lazo de algodón torneado con tres o cinco nudos. Las sandalias obligan al caminante a que nunca deje de andar porque se congelarían sus pies en tan fría mañana.
Como un coro disciplinado, todos piensan en Dios, en su infinita grandeza y misericordia.
Quienes los observamos desde la cabaña, comentamos que ese ideal representa el secreto deseo de retornar a la edad maravillosa en que la madre también poseía esa infinita grandeza y misericordia. Todos lo resolvemos de alguna manera. Ellos utilizan una religión y nosotros utilizamos el psicoanálisis, el que para muchos no deja de ser también un credo, una doctrina o un dogma.
Estos sacerdotes nos aventajan en que poseen una gran esperanza que les alegra la existencia, mientras que nosotros tenemos que conformarnos con vivir en una miseria inmejorable. Ellos no le temen a la muerte porque les espera una vida aún mejor y nosotros luchamos contra la certeza de ese fin absoluto y radical, creyendo esporádicamente que podemos controlar el horror.
A la larga procesión de franciscanos llega corriendo un rezagado. Codea al último y le pregunta agitado:
— Vo valor, ¿pa dónde pisa esta vagancia?
El sacerdote sale sobresaltado de su concentración y lo mira como si este personaje fuera el mismísimo demonio.
— ¿Cómo dices hermano?
— ¿De qué va esta mucha de marrones, man?
— ¿Quién eres tú que jamás te vi? ¿Cómo tienes ese hábito?
— No, no tengo hábito, pero un rulo que venía contigo me regaló esta bata porque le comí el cantor entre los yuyos y lo dejé pila pila. ¿Sale alguna lágrima encanutada ahí, pelo?
— ¡Pero de qué hablas, hijo mío! ¿Me estás diciendo acaso que el hermano Rubén te obsequió su atuendo a cambio de un servicio sexual que tú le brindaste y que mucho lo alegró?
— Si ta, todo joya, pero ¿pa dónde pisan tantos capuchas? ¿Hay joda grosa?
— (El fraile murmura) ¡No puedo creer que Rubén haya logrado ceder a sus impulsos ante este vulgar muchachote de tan bellas facciones!
— ¡No! ¡Pará amistá! ¡Mirá que si no me doy un latazo ya, te dejo sin jolgorio, eh!
— ¡Uah! I feel good. (1)
(1) Esta exclamación es la primera línea del tema homónimo interpretado por John Brown.
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Van vestidos como hace ochocientos años, con el mismo hábito marrón y un lazo de algodón torneado con tres o cinco nudos. Las sandalias obligan al caminante a que nunca deje de andar porque se congelarían sus pies en tan fría mañana.
Como un coro disciplinado, todos piensan en Dios, en su infinita grandeza y misericordia.
Quienes los observamos desde la cabaña, comentamos que ese ideal representa el secreto deseo de retornar a la edad maravillosa en que la madre también poseía esa infinita grandeza y misericordia. Todos lo resolvemos de alguna manera. Ellos utilizan una religión y nosotros utilizamos el psicoanálisis, el que para muchos no deja de ser también un credo, una doctrina o un dogma.
Estos sacerdotes nos aventajan en que poseen una gran esperanza que les alegra la existencia, mientras que nosotros tenemos que conformarnos con vivir en una miseria inmejorable. Ellos no le temen a la muerte porque les espera una vida aún mejor y nosotros luchamos contra la certeza de ese fin absoluto y radical, creyendo esporádicamente que podemos controlar el horror.
A la larga procesión de franciscanos llega corriendo un rezagado. Codea al último y le pregunta agitado:
— Vo valor, ¿pa dónde pisa esta vagancia?
El sacerdote sale sobresaltado de su concentración y lo mira como si este personaje fuera el mismísimo demonio.
— ¿Cómo dices hermano?
— ¿De qué va esta mucha de marrones, man?
— ¿Quién eres tú que jamás te vi? ¿Cómo tienes ese hábito?
— No, no tengo hábito, pero un rulo que venía contigo me regaló esta bata porque le comí el cantor entre los yuyos y lo dejé pila pila. ¿Sale alguna lágrima encanutada ahí, pelo?
— ¡Pero de qué hablas, hijo mío! ¿Me estás diciendo acaso que el hermano Rubén te obsequió su atuendo a cambio de un servicio sexual que tú le brindaste y que mucho lo alegró?
— Si ta, todo joya, pero ¿pa dónde pisan tantos capuchas? ¿Hay joda grosa?
— (El fraile murmura) ¡No puedo creer que Rubén haya logrado ceder a sus impulsos ante este vulgar muchachote de tan bellas facciones!
— ¡No! ¡Pará amistá! ¡Mirá que si no me doy un latazo ya, te dejo sin jolgorio, eh!
— ¡Uah! I feel good. (1)
(1) Esta exclamación es la primera línea del tema homónimo interpretado por John Brown.
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domingo, 25 de diciembre de 2011
Morosidad terráquea
Hace un tiempo yo les contaba que recalo a diario en un boliche (Bar mixto El Crujido – Carreras Nacionales esquina Emilio Zola) único en su especie por su gente, porque ahí se reúnen parroquianos y un gato dormilón, todos ellos con elevadísimos logros filosóficos y bajísimos perfiles.
Por ejemplo, a ninguno de ahí se le ocurre hablar de sí mismo en tercera persona del plural. Esa locura no tendría cabida. Cuando alguien dice «nosotros», seguro que se refiere a él y a alguien más, pero jamás a él solo.
En realidad debo rectificarme porque hacía semanas que no iba y justo ayer no aguanté más la abstinencia ... de filosofía, de gente brillante, de esa exquisita locuacidad de pocas palabras, de largos silencios llenos de contenido y meditación. Hay veces que sólo se escucha el ronroneo del gato (si la heladera está apagada, claro).
Estábamos en plena meditación independiente cuando el Gordo Calvo largó:
— Vieron que a la morosidad no la para ni Cristo, ¿no?
Paulatinamente la gente empezó la operación retorno, muy lentamente, mirándolo fijo al Gordo como si fuera un faro que orienta al navegante. El quiosquero disimuló el estupor sirviéndose un poco más de cerveza tibia; Gladys modificó el cruce de piernas; Cacho Gómez se miró la punta de los zapatos como si nunca hubieran estado ahí; el bolichero aprovechó para secar un poco más el mármol del mostrador, con una rejilla que le salió muy buena porque lleva años de uso.
— Hasta el Pepe Mujica no sabe para dónde agarrar —continuó Calvo (Pepe Mujica es un carismático operador político en Uruguay-2006).
La hermana más chica de Gladys, que se electriza por participar y demostrarle a todo el mundo que la inteligencia es de familia, dijo:
— Y, desde que el mundo es mundo, nadie quiere devolver lo que recibió prestado...
A Estercita le volvió el alma al cuerpo porque cuando Gladys no se encrespa con sus intervenciones, es porque las ratifica.
— ¡Y si! —dije yo como forma de expresar cuánto me gustan las ganas que tiene la gurisa de superarse.
— La cosa tiene raíces muy profundas pero sencillas a la vez —arrancó Gladys, restregándose ambas manos entre las rodillas como si tuviera frío. —Yo estaba calculando que un individuo a los 15 años ya está pronto para reproducirse, o sea que si tiene un hijo, en otros 15 años ya puede ser abuelo. Entonces, alguien con 30 años ya hizo todo lo que tenía que hacer. Como el cuerpo de uno está compuesto por materiales que son del planeta, a esa edad se nos vencería el vale y habría que pagarlo, para lo cual primero hay que morirse. Por culpa de la morosidad, así estamos ¡llenos de viejos!
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Por ejemplo, a ninguno de ahí se le ocurre hablar de sí mismo en tercera persona del plural. Esa locura no tendría cabida. Cuando alguien dice «nosotros», seguro que se refiere a él y a alguien más, pero jamás a él solo.
En realidad debo rectificarme porque hacía semanas que no iba y justo ayer no aguanté más la abstinencia ... de filosofía, de gente brillante, de esa exquisita locuacidad de pocas palabras, de largos silencios llenos de contenido y meditación. Hay veces que sólo se escucha el ronroneo del gato (si la heladera está apagada, claro).
Estábamos en plena meditación independiente cuando el Gordo Calvo largó:
— Vieron que a la morosidad no la para ni Cristo, ¿no?
Paulatinamente la gente empezó la operación retorno, muy lentamente, mirándolo fijo al Gordo como si fuera un faro que orienta al navegante. El quiosquero disimuló el estupor sirviéndose un poco más de cerveza tibia; Gladys modificó el cruce de piernas; Cacho Gómez se miró la punta de los zapatos como si nunca hubieran estado ahí; el bolichero aprovechó para secar un poco más el mármol del mostrador, con una rejilla que le salió muy buena porque lleva años de uso.
— Hasta el Pepe Mujica no sabe para dónde agarrar —continuó Calvo (Pepe Mujica es un carismático operador político en Uruguay-2006).
La hermana más chica de Gladys, que se electriza por participar y demostrarle a todo el mundo que la inteligencia es de familia, dijo:
— Y, desde que el mundo es mundo, nadie quiere devolver lo que recibió prestado...
A Estercita le volvió el alma al cuerpo porque cuando Gladys no se encrespa con sus intervenciones, es porque las ratifica.
— ¡Y si! —dije yo como forma de expresar cuánto me gustan las ganas que tiene la gurisa de superarse.
— La cosa tiene raíces muy profundas pero sencillas a la vez —arrancó Gladys, restregándose ambas manos entre las rodillas como si tuviera frío. —Yo estaba calculando que un individuo a los 15 años ya está pronto para reproducirse, o sea que si tiene un hijo, en otros 15 años ya puede ser abuelo. Entonces, alguien con 30 años ya hizo todo lo que tenía que hacer. Como el cuerpo de uno está compuesto por materiales que son del planeta, a esa edad se nos vencería el vale y habría que pagarlo, para lo cual primero hay que morirse. Por culpa de la morosidad, así estamos ¡llenos de viejos!
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martes, 6 de diciembre de 2011
Aborto a bordo
Querido papá:
Espero que al recibo de la presente te encuentres bien. Yo la voy llevando y no me puedo quejar. Las cosas acá son diferentes a lo que yo estaba acostumbrado, pero como siempre me lo dijiste «Si otros pueden, ¿por qué no vas a poder vos?».
Las dificultades de adaptación me desvelan y paso muchas horas tirado en la cama mirando el techo y tratando de entender por qué todo se me hace tan difícil. Inevitablemente busco causas, culpables, responsabilidades, errores.
Siempre tuve una vida muy cómoda cuando vivía con ustedes y vos te hacías cargo de todo lo que mamá y yo necesitábamos. Nunca me faltó nada. Hasta me pasaste el auto cuando te compraste uno nuevo porque el concesionario te lo tomaba por muy poco dinero. Mi popularidad entre mis amigos subió mucho con ese auto porque era mejor que el de sus propias familias. Creo que a Margarita la conquisté gracias a él ... a vos, debería decir en realidad.
El otro día, hablando con una compañera de facultad, me decía que por mis argumentos sobre ecología filosófica le vinieron ganas de soltar el zorzal que tienen en la casa pero que se arrepintió porque la madre le dijo que por haberse criado en cautiverio no llegaría a la noche sin que algún gato se lo comiera.
Las meditaciones de esta madrugada me llevaron a compararme con ese pobre zorzal, que canta como Gardel pero que probablemente sea su forma de gritar por una libertad que los humanos no queremos darle para hacerle un bien.
Sería muy ingrato de mi parte decir que fuiste demasiado bueno conmigo y que me convertiste en un inútil por no privarme de nada. Pero debo confesarte que tu bondad la estoy sintiendo como un error garrafal que, si algún día soy capaz de tener un hijo, trataría de no repetir.
Con el profesor de Arte Azteca nos llevamos muy bien y hablamos mucho. Cuando le contaba esta especie de ingratitud que tengo hacia vos y que tanto me mortifica, él me decía que a veces sucede que los padres, no es que sean tan buenos como parecen, sino que anulan a los hijos con su generosidad como forma de sacarse de encima a quienes algún día pueden disputarle su poder familiar.
Algo parecido creo que pasó con mamá, porque ella me ha insinuado que se siente atrapada en una especie de chantaje porque no deja de ser un triste satélite tuyo y no tiene ni argumentos ni voluntad para salir de esa condición. Nunca me lo dijo con esas palabras —y te pido que por favor no se lo preguntes—, pero ahora que estoy lejos de ustedes comprendo mejor su tristeza, desgano y sobrepeso.
Siempre estuviste acostumbrado a mandar y a que te obedeciéramos. Tu generosidad funciona como una varita mágica que nos maneja a todos como si fuéramos marionetas.
Es insólito que me esté quejando de algo que tantos hijos desearían para sí, pero después de darle muchas vueltas al asunto, estoy bastante seguro que mis bajas notas en todas las asignaturas que me exigen creatividad, pueden estar motivadas porque «gracias a vos no necesito nada», lo cual, aunque parezca disparatado, equivale a funcionar como un cadáver.
Cambiando de tema, sabés que quizá te tenga que pedir una remesa especial porque Margarita tiene un atraso de tres semanas y ya acordamos que este tampoco lo queremos tener. Después te digo cuánto me tenés que mandar.
Un beso de tu mejor (y único) hijo.
Tola
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Espero que al recibo de la presente te encuentres bien. Yo la voy llevando y no me puedo quejar. Las cosas acá son diferentes a lo que yo estaba acostumbrado, pero como siempre me lo dijiste «Si otros pueden, ¿por qué no vas a poder vos?».
Las dificultades de adaptación me desvelan y paso muchas horas tirado en la cama mirando el techo y tratando de entender por qué todo se me hace tan difícil. Inevitablemente busco causas, culpables, responsabilidades, errores.
Siempre tuve una vida muy cómoda cuando vivía con ustedes y vos te hacías cargo de todo lo que mamá y yo necesitábamos. Nunca me faltó nada. Hasta me pasaste el auto cuando te compraste uno nuevo porque el concesionario te lo tomaba por muy poco dinero. Mi popularidad entre mis amigos subió mucho con ese auto porque era mejor que el de sus propias familias. Creo que a Margarita la conquisté gracias a él ... a vos, debería decir en realidad.
El otro día, hablando con una compañera de facultad, me decía que por mis argumentos sobre ecología filosófica le vinieron ganas de soltar el zorzal que tienen en la casa pero que se arrepintió porque la madre le dijo que por haberse criado en cautiverio no llegaría a la noche sin que algún gato se lo comiera.
Las meditaciones de esta madrugada me llevaron a compararme con ese pobre zorzal, que canta como Gardel pero que probablemente sea su forma de gritar por una libertad que los humanos no queremos darle para hacerle un bien.
Sería muy ingrato de mi parte decir que fuiste demasiado bueno conmigo y que me convertiste en un inútil por no privarme de nada. Pero debo confesarte que tu bondad la estoy sintiendo como un error garrafal que, si algún día soy capaz de tener un hijo, trataría de no repetir.
Con el profesor de Arte Azteca nos llevamos muy bien y hablamos mucho. Cuando le contaba esta especie de ingratitud que tengo hacia vos y que tanto me mortifica, él me decía que a veces sucede que los padres, no es que sean tan buenos como parecen, sino que anulan a los hijos con su generosidad como forma de sacarse de encima a quienes algún día pueden disputarle su poder familiar.
Algo parecido creo que pasó con mamá, porque ella me ha insinuado que se siente atrapada en una especie de chantaje porque no deja de ser un triste satélite tuyo y no tiene ni argumentos ni voluntad para salir de esa condición. Nunca me lo dijo con esas palabras —y te pido que por favor no se lo preguntes—, pero ahora que estoy lejos de ustedes comprendo mejor su tristeza, desgano y sobrepeso.
Siempre estuviste acostumbrado a mandar y a que te obedeciéramos. Tu generosidad funciona como una varita mágica que nos maneja a todos como si fuéramos marionetas.
Es insólito que me esté quejando de algo que tantos hijos desearían para sí, pero después de darle muchas vueltas al asunto, estoy bastante seguro que mis bajas notas en todas las asignaturas que me exigen creatividad, pueden estar motivadas porque «gracias a vos no necesito nada», lo cual, aunque parezca disparatado, equivale a funcionar como un cadáver.
Cambiando de tema, sabés que quizá te tenga que pedir una remesa especial porque Margarita tiene un atraso de tres semanas y ya acordamos que este tampoco lo queremos tener. Después te digo cuánto me tenés que mandar.
Un beso de tu mejor (y único) hijo.
Tola
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lunes, 7 de noviembre de 2011
Diálogo lunfardo
— Che, Ramírez, ¿vos atendiste la reclamación del ponja?
— Sí ¿por?
— Lo tengo en el teléfono re-calentito porque todavía no le hicimos el cambio de la merca jodida. A parte de mandarlo a cagar, ¿qué otra cosa le digo?
— ¡Uh, me la morfé! No sé. Metele cualquier paco y que se vaya a la puta que lo parió. De parte de un servidor.
— Señor Takana, el encargado de expedición me informa que hubo un inconveniente con el camión que atiende su zona y que esta tarde sin falta le estamos haciendo el cambio que usted nos solicitó. El vendedor me dice que le pida mil disculpas por las molestias. ... Bueno, si, muy amable de su parte... sí, quédese tranquilo que no volverá a suceder; tuvimos mala suerte. Cómo no... se lo voy a trasmitir. Un placer señor Takana y siempre a las órdenes, eh. Buenos días. Ramírez, dice el ponja que te vaya a la concha de tu helmana. ¿Vos andás medio ido no? ¿Te pasa algo?
— No te imaginás el bolonqui que tengo en mi casa. La yegua de mi mujer se levantó en armas y me está haciendo la guerra en varios frentes. ¿Podés creer?
— ¡Qué cagada! ¡Justo contigo que sos un santo varón! ¿Ahora que reclama esa reventada?
— Vos sabés que un poco de razón debe tener porque hasta mi vieja está de parte de ella. Yo me opongo a que salga a trabajar y a que se junte con unas imbéciles que tiene por amigas, que lo único que hacen es calentarle la cabeza y cada vez que se hablan me hace la vida imposible.
— ¿Y por qué no querés que labure? El sueldo que tenemos acá es de ministro pero igual, no sé, la plata nunca sobra. Algo que pueda arrimar para parar la olla nunca viene mal.
— No me animo a decirle el motivo, pero a vos que sos mi amigo te lo puedo decir. ¡La gallega está buenísima! ¡Es un polvo caminando! Tengo miedo que me soplen la dama. ¡No sabés lo que es esa mina cuando se calienta! ¡Me vuelve loco, Juan! Si algún día me deja por otro, te juro que me mato.
— Si, la verdá que entre la gallega y la buzarda de un pelado como vos, ¡vas muerto! ¿Y en que anda la cosa?
— ¡Me tiene contra las cuerdas! Fijate que empezó una huelga de hambre. ¡Si: no pongas esa cara! Hace tres días que sólo toma agua, y la madre la hace revisar por un médico de la familia. Dice que si no cedo, se deja morir. ¿Te das cuenta, Juan? Tengo miedo que me deje por otro (comienza a sonar el teléfono) y resulta que capaz que se me muere la hija de puta.
— Pero sos un jilguero Ramírez. Está haciendo régimen porque se viene el verano. Esta mina te tomó los puntos y vos entraste como un caballo.
— No. Ahora el equivocado sos vos. Yo la conozco. Esto no es joda. ¡Se me muere la gallega!
— ¡Para mi que vos estás medio loco! ¿Qué querés que te diga? ¿Por qué no arreglás una salida negociada? Ponele: que se consiga un laburo que a vos no te ponga nervioso, buscale la vuelta para que a las amigas las vea lo menos posible y vos bajá un poco la panza de mierda esa que tenés. ¡Hola! A sí señor Takana, ya está saliendo lo suyo. ... ¿Cómo? ¡Qué raro! Bueno, está bien, está bien. Muy bien. Bueno, ¡cómo no! Buenas tardes. Vo, Ramírez, el ponja dice que hace dos días que recibió lo que estaba reclamando, pero que de todos modos es una vergüenza que yo le haya mentido. ¡Arreglá el fato ese que tenés con la anorésica de tu mujer que hasta yo estoy quedando como un pelotudo!
Nota: La imagen es una escena de la película El secreto de sus ojos, actuada por Ricardo Darín (izquierda) y Guillermo Francella (derecha).
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— Sí ¿por?
— Lo tengo en el teléfono re-calentito porque todavía no le hicimos el cambio de la merca jodida. A parte de mandarlo a cagar, ¿qué otra cosa le digo?
— ¡Uh, me la morfé! No sé. Metele cualquier paco y que se vaya a la puta que lo parió. De parte de un servidor.
— Señor Takana, el encargado de expedición me informa que hubo un inconveniente con el camión que atiende su zona y que esta tarde sin falta le estamos haciendo el cambio que usted nos solicitó. El vendedor me dice que le pida mil disculpas por las molestias. ... Bueno, si, muy amable de su parte... sí, quédese tranquilo que no volverá a suceder; tuvimos mala suerte. Cómo no... se lo voy a trasmitir. Un placer señor Takana y siempre a las órdenes, eh. Buenos días. Ramírez, dice el ponja que te vaya a la concha de tu helmana. ¿Vos andás medio ido no? ¿Te pasa algo?
— No te imaginás el bolonqui que tengo en mi casa. La yegua de mi mujer se levantó en armas y me está haciendo la guerra en varios frentes. ¿Podés creer?
— ¡Qué cagada! ¡Justo contigo que sos un santo varón! ¿Ahora que reclama esa reventada?
— Vos sabés que un poco de razón debe tener porque hasta mi vieja está de parte de ella. Yo me opongo a que salga a trabajar y a que se junte con unas imbéciles que tiene por amigas, que lo único que hacen es calentarle la cabeza y cada vez que se hablan me hace la vida imposible.
— ¿Y por qué no querés que labure? El sueldo que tenemos acá es de ministro pero igual, no sé, la plata nunca sobra. Algo que pueda arrimar para parar la olla nunca viene mal.
— No me animo a decirle el motivo, pero a vos que sos mi amigo te lo puedo decir. ¡La gallega está buenísima! ¡Es un polvo caminando! Tengo miedo que me soplen la dama. ¡No sabés lo que es esa mina cuando se calienta! ¡Me vuelve loco, Juan! Si algún día me deja por otro, te juro que me mato.
— Si, la verdá que entre la gallega y la buzarda de un pelado como vos, ¡vas muerto! ¿Y en que anda la cosa?
— ¡Me tiene contra las cuerdas! Fijate que empezó una huelga de hambre. ¡Si: no pongas esa cara! Hace tres días que sólo toma agua, y la madre la hace revisar por un médico de la familia. Dice que si no cedo, se deja morir. ¿Te das cuenta, Juan? Tengo miedo que me deje por otro (comienza a sonar el teléfono) y resulta que capaz que se me muere la hija de puta.
— Pero sos un jilguero Ramírez. Está haciendo régimen porque se viene el verano. Esta mina te tomó los puntos y vos entraste como un caballo.
— No. Ahora el equivocado sos vos. Yo la conozco. Esto no es joda. ¡Se me muere la gallega!
— ¡Para mi que vos estás medio loco! ¿Qué querés que te diga? ¿Por qué no arreglás una salida negociada? Ponele: que se consiga un laburo que a vos no te ponga nervioso, buscale la vuelta para que a las amigas las vea lo menos posible y vos bajá un poco la panza de mierda esa que tenés. ¡Hola! A sí señor Takana, ya está saliendo lo suyo. ... ¿Cómo? ¡Qué raro! Bueno, está bien, está bien. Muy bien. Bueno, ¡cómo no! Buenas tardes. Vo, Ramírez, el ponja dice que hace dos días que recibió lo que estaba reclamando, pero que de todos modos es una vergüenza que yo le haya mentido. ¡Arreglá el fato ese que tenés con la anorésica de tu mujer que hasta yo estoy quedando como un pelotudo!
Nota: La imagen es una escena de la película El secreto de sus ojos, actuada por Ricardo Darín (izquierda) y Guillermo Francella (derecha).
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viernes, 7 de octubre de 2011
Un detalle pendiente
Soy fruto de la violencia, el agradecimiento y el frío de Nueva Jersey. Hace 31 años el bestia de mi padre seguramente agarró a mi madre chicana por el pelo, en un gélido enero, quizá con alguna ventana sin vidrio, y le fecundó un varoncito que hoy anda rodando por el mundo, maldiciendo aquella fertilidad que tantas envidian.
Ella se tuvo que casar perseguida por migración y luego le pagó el favor al gringo durante años, con una sumisión perruna.
Gordo inmundo, bebía, gritaba, transpiraba, hedía, tiranizaba y cultivaba primorosamente mi odio hacia la especie.
El abuelo mejicano también lo odiaba. Lamentaba no haber llegado a tiempo para rescatar a su hija y saboteaba en todo lo posible el poder de este subnormal archipoderoso.
Para mi octavo cumpleaños mi abuelo me regaló un equipo de audio de altísimo volumen y bajísima fidelidad. Luego entendí que era un castigo indirecto al yerno. Cuando lo usaba, los golpes en la puerta empataban los decibeles de los mega parlantes y eso lo ponía aún más furioso y frustrado.
Con mi madre casi no hablábamos pero igualmente nos entendíamos. Compartíamos un dolor que las palabras ya no calmaban.
Una noche de verano, luego de vaciar la quinta botella de cerveza, lo mirábamos comer un pollo usando las manos, que junto con la cara, estaban totalmente brillantes por la grasa.
El ruido a moledora se interrumpió y sus ojos empezaron a desorbitarse. Del color púrpura habitual pasó al bordó y con ella empezamos a comprender que se había atorado con un hueso. Nos volvimos a mirar y secretamente pensamos que nuestros ruegos habían sido escuchados. María Auxiliadora nos estaba auxiliando y para ayudarla, no lo auxiliaríamos.
No importa mucho cómo llegué a trabajar como fornicador de hombres maduros en el Parque Batlle, porque lo que quiero recordar es que un día me contrató un veterano que se parecía mucho a aquel elefante marino del cual nos liberamos. Como la mayoría, me pidió que lo penetrara lentamente, esperando la dilatación de su ano, pero un impulso salvaje me ordenó un envión que le provocó un alarido desgarrado.
Quizá para mí fue el audio que le faltó a aquella escena de triunfo milagroso.
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Ella se tuvo que casar perseguida por migración y luego le pagó el favor al gringo durante años, con una sumisión perruna.
Gordo inmundo, bebía, gritaba, transpiraba, hedía, tiranizaba y cultivaba primorosamente mi odio hacia la especie.
El abuelo mejicano también lo odiaba. Lamentaba no haber llegado a tiempo para rescatar a su hija y saboteaba en todo lo posible el poder de este subnormal archipoderoso.
Para mi octavo cumpleaños mi abuelo me regaló un equipo de audio de altísimo volumen y bajísima fidelidad. Luego entendí que era un castigo indirecto al yerno. Cuando lo usaba, los golpes en la puerta empataban los decibeles de los mega parlantes y eso lo ponía aún más furioso y frustrado.
Con mi madre casi no hablábamos pero igualmente nos entendíamos. Compartíamos un dolor que las palabras ya no calmaban.
Una noche de verano, luego de vaciar la quinta botella de cerveza, lo mirábamos comer un pollo usando las manos, que junto con la cara, estaban totalmente brillantes por la grasa.
El ruido a moledora se interrumpió y sus ojos empezaron a desorbitarse. Del color púrpura habitual pasó al bordó y con ella empezamos a comprender que se había atorado con un hueso. Nos volvimos a mirar y secretamente pensamos que nuestros ruegos habían sido escuchados. María Auxiliadora nos estaba auxiliando y para ayudarla, no lo auxiliaríamos.
No importa mucho cómo llegué a trabajar como fornicador de hombres maduros en el Parque Batlle, porque lo que quiero recordar es que un día me contrató un veterano que se parecía mucho a aquel elefante marino del cual nos liberamos. Como la mayoría, me pidió que lo penetrara lentamente, esperando la dilatación de su ano, pero un impulso salvaje me ordenó un envión que le provocó un alarido desgarrado.
Quizá para mí fue el audio que le faltó a aquella escena de triunfo milagroso.
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lunes, 5 de septiembre de 2011
¿Qué es el deseo?
Como me lo temía, el miércoles pasado no pude pegar un ojo preocupado por saber qué es realmente del deseo.
A las dos de la mañana me fui para el boliche donde recalo a diario (Bar mixto El Crujido – Carreras Nacionales esquina Emilio Zola), y con los que quedaban a esa hora, propuse el tema.
Como me conocen, me dejaron hacer el acta.
El asunto es así: El ser humano padece una prematuridad que se parece mucho a un retardo mental y que en cualquier otra especie sería calificado de teratológico.
Lo perfecto sería tener un instinto completo como tiene todo el mundo (animal).
La desesperación por no haber nacido sabiendo y tener que aprender todo desde cero, con una dependencia casi total que dura años (2, 10, 29, 56, etc. según los casos), provoca un desarrollo compensatorio (“La naturaleza aprieta pero no ahorca”) de algunas destrezas: inteligencia, envidia, celos, amor/odio, motricidad fina, psiquis, bipedismo.
Tengo que agregar aparte la otra destreza, a pedido de su autora, la Gladys. Ella dijo:
— A ver ustedes que saben tanto, ¿saben por qué los animales no hablan? (silencio expectante) — ¡Fácil! Porque no lo necesitan. (silencio admirativo).
Esta iluminación de la Gladys destrabó la neurona del Cacho Gómez, quien agregó resuelto:
—‘Ta clavado: El deseo es la diferencia que hay entre el instinto y la taradez humana. (silencio sublime).
El Gordo Calvo (que justamente es pelado ... lo que son las cosas!) redondeó:
— ¡‘Tonces los neuróticos reniegan de satisfacer el deseo porque no asumen que envidian a los animales!
— Clarito dijo Camejo —agregó el del kiosco que generalmente no entiende nada.
Yo me quedé con la sensación de que habíamos avanzado bastante en un tema tan escarpado. Además, me pude dormir un rato (ahí mismo, claro).
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A las dos de la mañana me fui para el boliche donde recalo a diario (Bar mixto El Crujido – Carreras Nacionales esquina Emilio Zola), y con los que quedaban a esa hora, propuse el tema.
Como me conocen, me dejaron hacer el acta.
El asunto es así: El ser humano padece una prematuridad que se parece mucho a un retardo mental y que en cualquier otra especie sería calificado de teratológico.
Lo perfecto sería tener un instinto completo como tiene todo el mundo (animal).
La desesperación por no haber nacido sabiendo y tener que aprender todo desde cero, con una dependencia casi total que dura años (2, 10, 29, 56, etc. según los casos), provoca un desarrollo compensatorio (“La naturaleza aprieta pero no ahorca”) de algunas destrezas: inteligencia, envidia, celos, amor/odio, motricidad fina, psiquis, bipedismo.
Tengo que agregar aparte la otra destreza, a pedido de su autora, la Gladys. Ella dijo:
— A ver ustedes que saben tanto, ¿saben por qué los animales no hablan? (silencio expectante) — ¡Fácil! Porque no lo necesitan. (silencio admirativo).
Esta iluminación de la Gladys destrabó la neurona del Cacho Gómez, quien agregó resuelto:
—‘Ta clavado: El deseo es la diferencia que hay entre el instinto y la taradez humana. (silencio sublime).
El Gordo Calvo (que justamente es pelado ... lo que son las cosas!) redondeó:
— ¡‘Tonces los neuróticos reniegan de satisfacer el deseo porque no asumen que envidian a los animales!
— Clarito dijo Camejo —agregó el del kiosco que generalmente no entiende nada.
Yo me quedé con la sensación de que habíamos avanzado bastante en un tema tan escarpado. Además, me pude dormir un rato (ahí mismo, claro).
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