jueves, 14 de marzo de 2019
ESPEJO DIGITAL
Ya existen espejos digitales para cuerpo entero, que además de devolver nuestra imagen nos indican cuánto pesamos y nos enderezan la figura. Recordemos que antiguamente los espejos nos mostraban el brazo derecho a nuestra izquierda. Pues bien, eso ahora fue corregido. Los modelos más costosos incluyen programas que nos muestran como si fuéramos otra persona cuya foto hubiera sido previamente escaneada. Años atrás, nadie suponía que el manual de un espejo tuviera cerca de 200 carillas.
jueves, 4 de enero de 2018
RUINA Y SEXO “DÉBIL”
Después de una agria discusión la mujer se
fue a vivir sola. El hombre quedó tan afectado que no escribió ninguna nueva
novela. Esto resintió sus ingresos, pero cuál no fuera su sorpresa cuando su ex
mujer logró que un juez reconociera que todas las novelas habían sido
inspiradas por su presencia junto al injustamente denominado “autor”.
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Mi plato de arroz
En mi casa paterna escaseaba el dinero. Siempre había conversaciones sobre cómo mejorar los ingresos. Mi padre parecía un tipo feliz, apasionado por las novelas y mi madre parecía una desgraciada. Muy llorona. Lo bueno de todo esto fue que nunca me faltó un plato de arroz ni chistes bien contados. Los dos me hacían reír.
Después de una
conversación que tuvieron en su dormitorio, se levantaron con la decisión de
vender unos cuadros que había pintado ella.
Al mediodía volvió
llorosa porque el de la galería de arte le había calificado sus obras de “simples
fotografía al óleo”. Esa triste historia quedó guardada y cada poco tiempo la
repetían.
Hace un rato estaba
mirando unos cuadros de Leonardo Da Vinci y pensé que también son fotografías
en colores, hechas mucho antes de Kodak. El de la galería tenía razón: mi madre
copiaba la realidad tal cual es. Yo la admiraba por eso, pero en realidad hacia
copias. Perfectas, pero copias. Por suerte seguí teniendo mi plato de arroz.
miércoles, 22 de julio de 2015
La historia que usted escribió
La cámara toma un plano intermedio con una
niña que corre detrás de un tren que se aleja aumentando su velocidad. La niña
sigue corriendo cada vez más retrasada, hasta que finalmente deja de correr y
se queda mirándolo. La cámara sigue en el mismo lugar.
En la escena siguiente se nos muestra a una
joven mujer, de piel tostada, con un fino pañuelo de seda que cubre su
cabellera y se anuda en la
barbilla. Un primerísimo plano muestra una lágrima incipiente
en un rostro imperturbable, con la mirada fija en algún punto ubicado en el
paisaje exterior.
En la escena siguiente, vemos y oímos a un
señor que discute acaloradamente en un idioma que podría ser árabe por la
abundancia de sonidos con «j», gesticula furioso y dibuja sobre un cuaderno flechas repasadas
varias veces, habiendo en un caso, rasgado el papel por la presión de su trazo.
Esa niña,
de unos 10 años, vive en esa comarca por donde pasa el tren una vez por día y
no puede suspender su juego de seguirlo cuidando de pisar siempre sobre los
durmientes. Hace mucho tiempo que tiene esta práctica y la abuela está cansada
de decirle que deje de hacerlo porque puede accidentarse.
Esa joven
mujer tomó este tren en una estación lejana y se dirige a una gran ciudad porque
concursará para ingresar en una escuela de baile muy prestigiosa y exigente. Alguna
mota de polvo irritó su conjuntiva ocular y eso le produjo la mencionada
lágrima.
El supuesto
árabe, es un turco que está muy enojado porque un cliente coterráneo suyo se
niega a pagarle una mercadería que le compró hace tiempo, alegando que no
poseía la calidad acordada, cosa que nuestro personaje niega categóricamente y
está convencido de que está siendo objeto de una estafa.
Tengo que
disculparme con usted porque quizá pensó en algún momento que estas tres
personas en tres situaciones diferentes, tienen alguna vinculación.
Nos pasa a
todos, nuestra cabeza tienen como una manía asociativa y arma relatos
prácticamente de la nada. En
este caso usted no acertó, pero ya le digo: nos pasa a todos.
●●●
viernes, 26 de junio de 2015
Lo que va quedando
Durante cuántos cientos de horas habré estado
mirando aquella caja toráxica enorme, fuerte, musculosa, apenas cubierta por
una camisa semi transparente.
Las manos, de dedos cortos y uñas grandes, un
anillo con su monograma y otro con una piedra clara.
La foto habría sido tomada alrededor de 1960
en un lugar que desconozco. Me la regaló mi abuela y la tomé como la herencia
de un modelo de hombre al que yo quería incorporar mirándolo ambiciosamente.
¿Por qué tanta necesidad de parecerme a mi
padre? Muy fácil después de saberlo: Porque con ese tórax y esas manos habría
conquistado nada menos que a una mujer como mi madre.
En una foto manualmente coloreada, ella lucía
como una diosa del cine, con uniforme colegial, sonrisa amplia, serena, segura.
Excepto la cara y las manos, todo lo demás estaba cubierto por la vestimenta. En mi
fantasía yo tomaba los libros que ella abrazaba, los apoyaba sobre una silla, le
quitaba el uniforme, la imaginaba rodeada por ese pecho y esas manos que
podrían ser las mías.
Finalmente se produjo el encuentro con «el modelo de
mi vida». En un lugar muy discreto, aquel monumento al hombre capaz de
conquistar a la mujer de mis sueños, se notaba muy golpeado por la vida.
Aunque ya había pagado su deuda con la
sociedad, alguien real o ficticio lo perseguía. Nos encontramos en un modesto
bar próximo a los tugurios portuarios, y aquel tórax monumental se había ido,
las manos eran delgadas y frágiles. Demoré unos minutos en convencerme de que
ese era mi padre.
Lo que ahora recuerdo de este segundo modelo
paterno es una intensa mezcla de aguardiente, loción de afeitar, pomada de
zapatos y el olor de un varón derrochado.
●●●
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

