sábado, 4 de octubre de 2014

El florista



— ¿Podemos compartir la mesa?

— Sí.

— Mozo, sírvame un café con leche con tres masas saladas. ¿Quiere algo usted?

— Sí. Un vaso de agua.

— Parece que el frío se está yendo de a poco, ¿no?

— Ajá... De a poco.

— ¿Usted es de por acá? Nunca lo había visto.

— No. Vivo a unos diez kilómetros.

— ¡Ah! ¿Vende flores por lo que veo?

— Sí.

— Acá tiene su agua. ¡Gracias mozo! Es complicado el cultivo de flores, ¿no es así?

— No. Yo las consigo en un pantanal que tiene una señora que vive sola a unos veinte kilómetros. Nacen solas, las corto, las ato con alambre, las traigo, las vendo y ya está.

— ¡Qué interesante!, ¿y cómo descubrió esa forma de vida?

— Entré a la iglesia una mañana en que estaba desocupado, tenía frío y mucho hambre. El cura decía algo de que Dios cuida a los pájaros y a los lirios del campo dándoles de comer. Salí a buscar lo mío y encontré esto.

— Ah, sí, es una parábola dicha por Jesús.

— ¿Una qué?

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