domingo, 7 de abril de 2013

La cieguita



Analista La escucho.

Paciente Yo soy hija de madre desconocida porque ella me tuvo que dejar cuando yo era bebita y hasta los cuatro años me crió mi papá con su hermana. Ella es mi tía.... Así que no tengo ni hermanos ni hermanas.

Cuando él se tuvo que ir, nos quedamos solas con ella y vivimos en el complejo de apartamentos del bulevar. Vivimos de la pensión que le dejó mi abuelo, porque ella nunca se pudo casar.

Mi tía es una persona que sufre mucho la soledad y a veces me cuenta historias que para mí no son reales. Casi siempre que vuelve del supermercado me dice que algún hombre le habló o le dijo algo lindo o directamente la invitó a salir, y para mí que son inventos de ella.

Del otro lado del bulevar suele estar una prostituta que tiene muchos clientes. A veces se va con ellos pero otras veces sólo pasan y le tocan bocina y ella los saluda con la mano. Mi tía se pasa horas en la ventana mirándola y se compró ropa parecida a la que ella usa: vaqueros, campera blanca, botas altas. Cuando Valencia se va con uno de sus amigos, mi tía, si se siente muy deprimida, se viste para parecérsele y se para en el mismo lugar para que la saluden y ella les contesta. Para mí que está muy triste y se siente muy sola.

Analista ¿Usted es ciega de nacimiento?

Paciente No, esa es una larga historia. Cuando yo estaba en quinto de la escuela tuve un maestro que se llamaba Briano y como yo siempre tuve un cuerpo bastante desarrollado, los hombres me acosan desde que era niña. Este maestro me miraba de una manera que me molestaba mucho pero yo no sabía qué hacer ni tampoco sabía cómo contárselo a alguien porque no encontraba las palabras adecuadas. Sé hablar de cualquier tema, pero nunca supe decir bien lo mal que me sentía con el maestro Briano.

Yo creo que hay algo monstruoso en mí que provoca cosas malas y la gente, o me deja como me dejaron mis padres o se me acercan de una manera que me hace sentir como que represento al demonio. ………

Analista ¿Entonces usted no es ciega de nacimiento?

Paciente No, la ceguera me resolvió todos los problemas. Ahora siento que la gente me quiere, que me ayuda, que me tiene en cuenta, que me habla, que me valora. A partir del momento que empecé a usar los lentes negros y el bastón blanco mi vida cambió, pero cuando abro los ojos, veo perfectamente.

sábado, 2 de marzo de 2013

Nacido en Transilvania


Una constante en mi trabajo como psicoanalista es que muchos consultantes logran llegar a mí luego de realizar un esfuerzo tan grande como el que yo tuve que hacer para asumir que si el cirujano no me extirpaba la vesícula biliar nunca más podría incluir en mi dieta el pescado frito y los helados.

Cuando estos pacientes llegan están seguros de que desear la muerte de su profesora de física es un crimen imperdonable y que cuando me lo confiesen yo quedaré abrazado al perchero, con los ojos desorbitados y temblando de horror ante tanta maldad.

Al constatar que tolero bastante bien ese primer shock emocional tantean con algún comentario referido a un lejano deseo homosexual, que sintieron hace muchos años, que ya está totalmente superado, que ni siquiera lo recuerdan bien.

A medida que pasa el tiempo y el monstruo empieza a convencerse de que nada me inmuta (o de que estoy sordo), va aumentando la apuesta, incluyendo que en verdad no se sentiría tan mal si falleciera su papá (sin sufrimiento, claro), que su tía siempre fue tan cariñosa que ha tenido sueños eróticos con ella y así continúa la escalada con un techo inevitable: ningún paciente, por degenerado que sea o se crea, jamás —¡mirá cómo te lo digo!— jamás puede hacer, pensar o decir algo que no sea humano.

En general no tengo coraje para confesarles que estamos irremediablemente encerrados en nuestra patética especie. Capaz que si me animara, ellos tampoco quedarían abrazados al perchero, con los ojos desorbitados y temblando de horror ante tanto infortunio.



domingo, 10 de febrero de 2013

El florista



 
— ¿Podemos compartir la mesa?

— Si.

— Mozo, ¿sírvame un café con leche con tres masas saladas? ¿Quiere algo usted?

— Si. Un vaso de agua.

— Parece que el frío se está yendo de a poco ¿no?

— Ajá... De a poco.

— ¿Usted es de por acá? Nunca lo había visto.

— No. Vivo a unos diez kilómetros de acá.

— ¡Ah! ¿Vende flores por lo que veo?

— Si.

— Acá tiene su agua. ¡Gracias mozo! Es complicado el cultivo de flores ¿no es así?

— No. Yo las consigo en un pantanal que tiene una señora que vive sola a unos veinte kilómetros de acá. Nacen solas, las corto, las ato con alambre, las traigo, las vendo y ya está.

— ¡Qué interesante! ¿y cómo descubrió esa forma de vida?

— Entré a la iglesia una mañana en que estaba desocupado, tenía frío y mucho hambre. El cura decía algo de que Dios cuida a los pájaros y a los lirios del campo dándoles de comer. Salí a buscar lo mío y encontré esto.

— Ah, sí, es una parábola dicha por Jesús.

— ¿Una qué?


martes, 1 de enero de 2013

¿Mi mamá me ama?


Paciente: Aníbal – 19 años. Estudia. Vive con sus padres y hermana.

Analizante — Creo que me estoy enamorando de Cecilia. Menos me mira, más me gusta. ¿Será masoquismo mi enfermedad?

Mi hermana recibía llamadas telefónicas de un hombre grande todas las noches y le decía que dejara de provocarlo colgando su ropa interior en la ventana.

Parece que estaba loco pero el hecho es que un día que llamó, ella puso a funcionar el altavoz del teléfono y lo oímos todo.

Por momentos yo pensé que quizá la loca era ella y que verdaderamente colgaba su ropa interior en la ventana, pero después pude comprobar que no era cierto.

Era un hombre casado que parece que tenía antecedentes como paranoico y se le ocurrían cosas y no había nadie que pudiera convencerlo de que eran imaginaciones suyas.

Por fin se ve que se lo llevaron o se curó porque dejó de llamar.

Tengo muchas ganas de llamarla por teléfono a Cecilia y decirle todo lo que la quiero pero sin decirle quién soy.

Cada vez que nos cruzamos en el lobby del edificio, ella me enloquece con su perfume a jabón de baño. Todos los días se va a trabajar con el pelo mojado y un sweater que le marca los senos y me desespero.

Me imagino casándome con ella, tener muchos hijos y cuando la imagino dándole de mamar a nuestros hijos, el cuadro me enternece hasta que se me caen las lágrimas.

Estoy seguro que si algún día yo juntara el coraje suficiente para decirle cuánto la quiero ella me miraría con desprecio y ni se dignaría a contestarme. Es demasiado mujer para mí. Tiene un año menos que yo pero es de una hermosura de otro planeta.

Me vienen ganas de llorar cada vez que empiezo a ensayar cómo le diría: «Cecilia, quiero hablar contigo...» ............  me pongo a imaginar cómo continuar, y no, no puedo, no puedo.

Sé que no me animaría.

Analista — Tu mamá se llama Ana María. Estás diciendo “no me Ani-María” con la de las «mamas» hermosas. Cecilia no es tu mamá. Quizá no te rechace.

Analizante — ………………………………

Analista — Nos vemos el jueves.


domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Venusina?

Se trata de una joven de probables 35 años que si estuviera en un grupito de tres mujeres sería aquella que menos llama la atención.

Pies y manos pequeñas, cuerpo redondeado, abundante cabellera castaña, ojos tristes y todo lo demás sin particularidades.

Esperamos el ómnibus en el mismo lugar y al cuarto encuentro casual la miré porque me miraba, se acercó y me preguntó: ¿Eres casado o comprometido?

Como pensé que sólo me pediría fuego o la hora, me llamó la atención. Le informé que divorciado y me dijo que le gustaba mi forma de pararme.

Hacía más de tres semanas que estaba alejado del género femenino porque el litigio que tengo con mi ex me hacía odiar al género.

Recordando viejos tiempos, le pregunté si estaba muy apurada porque podríamos estar juntos la media hora que en mi trabajo me permitirían llegar tarde sin que hubiera inconvenientes.

Cuando íbamos a mi apartamento me dijo que ella podía llegar cuando quisiera porque estaba desocupada y cuando subió al ascensor vi que tenía lindos glúteos.

Al cerrar la puerta me abrazó por la cintura y apoyó cariñosamente la cabeza sobre mi pecho. Como yo estaba nervioso me hice un chiste pensando si sería cardióloga.

Tuvimos un sexo extraño, como si ella perteneciera a otra cultura exótica. Marcamos dos orgasmos de baja intensidad ella y uno yo.

Nos vestimos como estaba planificado por mi escaso tiempo. Al llegar nuevamente a la parada del ómnibus le pregunté, seguro de su respuesta: “¿Cuándo nos vemos de nuevo?” y ella, tocándome delicadamente una mano me dijo «Mejor nunca». Me dio un beso-consuelo en la mejilla, tragué saliva y se fue caminando con el ritmo de quien está desocupado.

Sentí como si alguien hubiera apagado el sol tirándole un vaso de agua.