lunes, 3 de septiembre de 2012

Al rescate de un pulmón



Cuando estaba a punto de divorciarme porque mí amada esposa me tenía harto, el amigo de un amigo (que resultó ser psicólogo), salvó mi matrimonio.

Desde que nos casamos con Florencia había puesto los puntos sobre las íes con el tema “fútbol”. Si a mí me impiden ir a la cancha, viajar junto con mi cuadro o no participar de los festejos, es como si me quitaran un pulmón.

Ella es una excelente mujer, gran compañera, maravillosa madre y capaz de cocinar los tucos más espectaculares que alguien pueda cocinar, pero tiene eso: cuando vuelvo de la cancha los domingos está siempre con un carácter insoportable, tenemos disputas muy feas porque justamente ella «intenta quitarme un pulmón» y yo me defiendo en proporción a su ataque.

La decisión de divorciarme era para mí algo muy penoso que lo estaba postergando mes tras mes porque además de todo debo confesar que la quiero. Pero su amenaza de extirparme el fútbol me supera.

Este amigo de un amigo me dijo que probablemente el problema de Florencia es que los domingos de tarde se deprime como tantas personas (parece ser que el domingo de tarde y el lunes todo el día, son horribles) y que yo podría colaborar con ella (e indirectamente conmigo, salvando mi matrimonio y mi pulmón) consiguiéndole algo para que ella no se aburriera los domingos de tarde.

Como todo en la vida depende de uno pero además de la suerte, me acordé que otro fanático enfermo como yo tenía un problema similar con su esposa y propiciamos un encuentro entre ambas. Él hizo una carne asada en la parrilla que tiene en la azotea, las mujeres se conocieron, gracias a Dios y a la Virgen Santísima se hicieron amigas y ahora se encuentran los domingos de tarde para pasear, ir al cine, tomar el té en alguna confitería o visitar familiares.

Ahora puedo literalmente «respirar aliviado».


viernes, 3 de agosto de 2012

Explotación subliminal


— ¿Vos sos cornudo, Zipitría?

— (Sin dejar de jugar al solitario en la computadora) Supongo que sí… como todo el mundo ¿Por?

— Estoy mirando acá unas ofertas en la Web y la mayoría de la ropa y calzado trae bien grande la marca del fabricante, o sea que el que lo usa le está haciendo publicidad gratis al fabricante, está pagando para laburar. ¿Entendés lo que te digo?

— No sé, mira, lo que más me preocupa es que ya van como cuarenta y cinco minutos que no termino un puto solitario y lo que me falla siempre es el as. ¿No tendrá un virus esta mierda? ¡Voy a llamar a mantenimiento para que me la revisen de apuro!

— Yo llegué a conocer a un flaquito (1) que se disfrazaba de Chaplín y que tocaba las castañuelas con dos huesitos de asado (2). Se ofrecía para andar por ahí disfrazado como te digo y mostrando la publicidad de quien lo contratara. ¡Vivía de eso el tipo! ¿Te das cuenta? Hoy con esta moda se quedaba sin laburo.

— ¡Hola! ¿Mantenimiento? Si mirá, habla Zipitría acá, de la Secretaría de Alonso Gomensoro. Vos sabés que me parece que me entró algún virus a la máquina porque a veces estoy escribiendo y se me borra de golpe la pantalla. ¿Tenés a alguien que me venga urgente? Sabés que me están apretando de arriba con un informe para la Comisión que se reúne esta tarde y no tengo otra que molestarte. ¿Podrán venir ahora? ……… Bueno, ta, te agradezco lo que puedas hacer. ¿Cómo me dijiste que te llamabas? ……… ¿Alicia cuánto? ……… ¿Giménez o Ximénez? Ta, anoté. Gracias Alicia, los espero. (Finaliza la comunicación telefónica) Voy a tener que seguir con el Buscaminas hasta que vengan estos pelotudos.

— Sabés que el parlamento llegó a darle una Pensión Graciable porque era un tipo muy querido pero que al negocio de la publicidad no lo explotaba con mucha ganancia. Vivía en un edificio alto que está en Agraciada y La Paz. Iba mucho al Mercado del Puerto y todo el mundo le pagaba alguna consumición a cambio de un mini-concierto de castañuelas óseas. ¡Un personaje el tipo!

— Che, ¿vos me preguntaste si yo era cornudo, no? ¿Tenés algún dato concreto?

— El dato concreto que tengo es que con la cuatro por cuatro que te compraste en treinta y dos mil dólares andás paseando un tremendo anuncio de Toyota.


(1)Se refiere a Carlos Resano [Fosforito] por quien la Intendencia de Montevideo fijó el 16 de marzo [fecha de su nacimiento] de cada año como el "Día del Artista Callejero".

(2) Fragmentos de costillar vacuno.

jueves, 5 de julio de 2012

COSA DE MUCHACHOS


Celeste — Sabe que esta mañana estuvo mi hijo mayor. El casado y padre de dos varoncitos. Se ve que se escapó del trabajo porque vino como a las once de la mañana y a esa hora él tendría que estar trabajando. Pero ¡bueh! vio como son los muchachos jóvenes. Una cuando trabajaba ¡cuidadito de faltar, llegar tarde o contestarle al capataz! Pero ahora las cosas han cambiado mucho y hasta hacen cosas particulares en horas de oficina o le usan el teléfono al patrón. Ernestito me cuenta como una gracia que cuando nadie lo ve, mira la Internet y le manda cartitas a las amistades.

Blanca — Supongo que debe ser parecido a lo que me cuenta Teresita que hacen en su trabajo. Ella me dice que también mira la Internet y que se mandan cartas con Ernestito.

Celeste — A, ¡no me diga! ¿No andarán en algo estos dos? Cuando eran más chicos ¿recuerda que se refistoleaban? Teresita es muy liberal y no me extrañaría que se despreocupe de que él ahora está casado.

Blanca — Bueno, ese es un asunto de ellos. Yo no me meto porque “comedido siempre sale mal”. El Ernesto ya es grande y sabe lo que hace.

Celeste — Sí, tiene razón pero mi nuera es muy buena muchacha y muy trabajadora. Creo inclusive que hasta gana más que él.

Blanca — Eso no lo sé, pero parece que su hijo siempre se queja de que los tiene que ayudar económicamente a ustedes y que por eso ella aporta a la casa más que él.

Celeste — ¡Qué raro! A veces él nos deja un poquito de plata debajo del florero azul (ese que nos trajo a usted y a mí la mujer del zapatero cuando viajó a Europa), pero es una insignificancia. Además, gracias a Dios, con la jubilación de mi marido nos alcanza perfectamente. Fijesé que hemos llegado a prestarle plata a él no sé para que apuro que tuvo. Fue más o menos cuando la Teresita se hizo el aborto.

sábado, 2 de junio de 2012

El hijo de la modelo


Zulma (muy nerviosa) — Por favor Zulema, escuchame lo que te voy a decir porque es terrible lo que acaba de pasarme. ¡Mi hijo Zacarías intentó violarme! Viste que él tiene pasión por la fotografía y la filmación. Yo siempre lo aliento para que persevere con su vocación, que estudie, que practique, que se vincule con gente que algún día pueda comprar su trabajo. El hecho es que muchas veces me ha pedido que yo fuera su modelo y, por supuesto, que me he prestado gustosa porque una por un hijo hace lo que sea, ... bueno, en este caso reconozco que no ha sido un sacrificio porque a mí me gusta mucho que me fotografíen y que me filmen. Desde que empezó con esta vocación, muchas veces me lo ha pedido y yo gustosamente, dejo todo lo que tenga para hacer y hago lo que él me pide. Las modelos tienen que soportar la tiranía de los fotógrafos. Una se cree que ellas lo pasan muy bien pero hay que reconocer que tiene que aguantar gritos, frío, cansancio, lugares agrestes, desnudeces. El dinero que cobran, te puedo asegurar que se lo ganan. Como te decía, hoy me pidió que posara para él aprovechando el sol que había en el fondo de casa. Ahí realizó una cantidad de tomas y luego me dijo que quería terminar la sesión de fotos sobre la cama que conservo de cuando estaba casada. Me pidió que mentalizara una situación erótica y que encarara a la cámara con gestos seductores. También accedí a quitarme algo de ropa y en determinado momento se puso como loco, se me tiró encima, me arrancó el soutien, me empezó a besar en el cuello y yo desesperada a tratar de sacármelo de encima. No quise gritar por los vecinos pero te juro que no sé de dónde surgían mis fuerzas. Quizá de mi desesperación. Intentaba sacarme la tanga y yo le agarraba las manos para evitarlo. Nunca me lo imaginé así a Zacarías, que siempre fue un niño obediente, educado, respetuoso. ¡Era un monstruo Zulema! No te imaginás lo espantoso que fue todo. Al final, como no pudo penetrarme, se ve que reaccionó, se subió el cierre del pantalón, y se fue dando un portazo. Yo quedé ahí, exhausta, tirada en la cama, llorando, sin saber qué hacer. ¿Te das cuenta que espanto?

Zulema (enojada) — ¿Pero qué te pasa Zulma? ¿Pensás que me voy a creer esa historia erótica? ¡Nadie que haya pasado por un trance así, habla con tanta claridad y organización discursiva como lo acabás de hacer! ¿Por qué hacés todo esto?

Zulma (sollozando) — Estoy loca, Zulema. Tenés razón: esta historia es inventada. Quería excitarte porque hace dos meses que no puedo sacarte de mi cabeza.


sábado, 5 de mayo de 2012

Cortar por lo sano


Hoy el clima no me ayuda con la tarea. Desde muy temprano ha estado caluroso y especialmente húmedo. Tirar del rodado por las calles empedradas de Jacinto Vera me hace vibrar toda la osamenta.

Veremos que nos depara la suerte en el próximo contenedor porque hasta ahora parece que se me adelantaron los Miguez que son como la langosta. ¡Todo les sirve!

Por suerte este está mejor provisto de elementos utilizables. De ese paraguas se pueden rescatar la tela, el mango, el eje central y algunas varillas. Se ve que al dueño lo agarró la lluvia con viento que tuvimos hace un par de horas. En aquella bolsa de polietileno blanco parece que hay unos trozos de pizza; uno de ellos está mordido. Por el diámetro de la dentellada lo dejó algún niño pequeño que desaprobó su sabor. ¡No está mal! En este barrio siempre usan demasiado ajo, pero es bueno para el aparato circulatorio y hasta hay un laboratorio que lo vende en comprimidos.

Este par de romanitas (ojotas javaianas) rosadas está casi nuevo. Parece que eran de una señora con sobrepeso porque la suela está intacta pero el espesor se muestra comprimido como si tuviera mucho uso. ¡Confirmado, los Miguez no pasaron por acá!

En otros barrios le ponen carteles a los trozos de vidrio para que uno no se vaya a lastimar, pero acá omiten esos detalles. ¡Cuántos platos antiguos rotos! Quizá algún viejo aparador finalmente fue carcomido por las polillas. No, debe de haber sido un trinchante porque si hubiera sido un aparador tendrían que estar por acá una cantidad de copas y la jarra de clericó.

Voy a tener que meterme adentro porque allá veo una cajita envuelta en papel de regalo y no es la primera vez que una persona enamorada tiene un gesto destructivo por despecho, sin tener en cuenta el valor extrínseco de lo que desecha.

¡Caramba, que pesadito que es en proporción a su volumen! Debe contener algodón mojado por las lágrimas de una mujer enamorada. ¡Qué loco que soy! Hoy me levanté con la vena romántica a flor de piel. A ver que tenemos acá: ¡Oh cielos! ¡El anular completo de una mujer joven! ¿Se le habrá atorado la alianza?

(Este relato se basa en lo que “soñó despierta” una paciente que se sintió desairada porque “su primer hombre de épocas liceales”, ahora recibido de médico, no la saludó al cruzarse con ella en la panadería del barrio y por eso lo imaginó arruinado, trabajando como hurgador de basura. Por supuesto que me autorizó a realizar esta publicación.)

●●●

domingo, 1 de abril de 2012

Barcinoterapia

Bien podría haber trabajado en un circo de esos que recorren el país y que sacan gente de donde no hay porque, hasta su instalación, nadie habría imaginado que pudieran juntarse ochenta o noventa personas para llenar la pequeña carpa.

Pero el circo es magia, es ilusión, es fantasías, es sueño, y mi padre tenía todas las condiciones para ejercer ese oficio: encargarse de hacer la propaganda con alto-parlante, pedir permiso en la comisaría, convencer al bolichero de que le preste el baldío porque aumentarán las ventas y el prestigio del establecimiento, cobrar las entradas, acomodar los espectadores sobre los confortables tablones y luego realizar un espectáculo que deje con la boca abierta a toda la paisanada, y que, milagro aún mayor, inmovilice a los desorbitados gurises.

Pero en la realidad ese no fue su oficio, ... aunque insisto, podría haber sido. Condiciones no le faltaban. Como agente viajero (que sí fue), sus regresos a Montevideo eran un acontecimiento para nosotros. Con nosotros me refiero a mi hermano y a mí, porque, vaya uno a saber por qué, las cosas con mi madre eran bastante diferentes. Ella se ponía nerviosa, de mal humor, y en sus encuentros hacían algo rarísimo: ¡se gritaban en voz baja!

Han pasado muchos años desde aquella niñez y aún no he logrado discernir si sus relatos eran o no realidad. Juro que no he podido. Bueno, en realidad me encontré con alguno de sus innumerables amigos y reconozco que no me he animado a procurar algún tipo de constatación. Tengo miedo de que por ahí, en el acierto o en el error, puedan pasarme algún dato que borronee la imagen que conservo de él.

Parte de su magia se basaba en el factor sorpresa. Tampoco sé si se tomaba mucho tiempo en pergeñar sus ocurrencias o surgían naturalmente de su talento. Recuerdo una vez cómo logró revertir en segundos un profundo decaimiento que padecía yo por culpa del sarampión. Su medicina consistió simplemente en agacharse para saludarme y dejar caer sobre mi pecho, como por accidente, un librito lleno de historietas. ¡Santo remedio! dijo mi abuela, que no salía de su asombro.

Pero lo que me acompañará toda la vida fue algo impresionante. Mi historia estaba muy complicada por la enuresis nocturna. Pasaba el tiempo y cada vez me sentía más desgraciado, culpable, digno de ser expulsado de mi casa con toda razón. Mis padres también estaban preocupados pero sobretodo por mi desesperación. Un día llegó mi padre de la feria con dos o tres chismosas llenas de comestibles y me dice con esa carita de zorro tan particular: «En esta bolsa hay una sorpresa para el que se anime a meter la mano». Luego de pensarlo unos segundos, metí la mano en la bolsa y la retiré horrorizado. Había tocado una cosa peluda que se movía despacito. Él se hizo el que no vio nada y me animé a un segundo intento. Saqué de la bolsa un precioso gatito barcino que se convirtió en uno de mis amigos más fieles porque, sin protestar, nos dejó culparlo de las mojaduras nocturnas que rápidamente se fueron distanciando hasta desaparecer.

(Relato Nº 35)

●●●

domingo, 4 de marzo de 2012

Prematuridad senil

Está perdido en esta ciudad donde millones viven abrazados por la soledad. Hace años que recorre sus veredas llenas de cuerpos apretujados y ansiosos. Muchos gesticulan ¿hacia un acompañante que los ignora?, ¿hacia un amigo que perdieron cuadras o años atrás?, ¿para sus adentros?, ¿cantan?, ¿deliran?

Con los pies desnudos y los ojos llenos de arena, convive con el aire de la peor manera. En alguna de sus aspiraciones asmáticas también se le coló el desaliento. Alguna vez supo cuál fue el paso anterior, pero hace tiempo que ignora qué hace acá.

Su boca está tan seca como su esperanza y su saliva es tan blanca y espumosa como la de un animal rabioso. Cuando la traga es una bola de fuego.

El corazón late al ritmo del torrente que corre como un huracán metálico. Cuando el sinuoso ambular lo acerca al pavimento, el débil cuerpo se estremece por el ruido del torbellino. Sin embargo su cabeza está llena de silencio. No hay un antes ni un después. El presente es el dolor que trota por los huesos, sin detenerse, sin ceder.

Pronto el camino infinito que se mueve bajo sus pies parece detenerse sin explicaciones. Un recuerdo imprudente irrumpe en su amnesia. Los ecos mudos parecen disiparse desde la distancia.

El indómito destino que lo trajo hasta aquí parece haberse acobardado por un miedo tan familiar como desconocido. El corazón ya no late al ritmo del tráfico sino que rebota incitado por el terror que lo mira a los ojos.

Se resiste a continuar pero sus pies se arrastran traicionándolo.

Cada jadeo parece el último, el horizonte se inclina, los edificios giran, tambalean sus piernas, no siente el golpe contra las baldosas. El cielo color plomo se abre para dejar pasar un destello azul. Enseguida se cierra. También sus párpados.

La pestilente humedad de su cuarto le asegura que algo no sucedió aún. Suspira decepcionado y se seca la frente con una mano llena de sudor que huele a sangre. Intenta cambiar de posición pero no puede. Le faltan fuerzas o alguna parte del cuerpo. Quiere pensar, quiere orinar, quiere beber, no quiere vivir.

(Este es el relato Nº 34)

●●●