sábado, 2 de marzo de 2013

Nacido en Transilvania


Una constante en mi trabajo como psicoanalista es que muchos consultantes logran llegar a mí luego de realizar un esfuerzo tan grande como el que yo tuve que hacer para asumir que si el cirujano no me extirpaba la vesícula biliar nunca más podría incluir en mi dieta el pescado frito y los helados.

Cuando estos pacientes llegan están seguros de que desear la muerte de su profesora de física es un crimen imperdonable y que cuando me lo confiesen yo quedaré abrazado al perchero, con los ojos desorbitados y temblando de horror ante tanta maldad.

Al constatar que tolero bastante bien ese primer shock emocional tantean con algún comentario referido a un lejano deseo homosexual, que sintieron hace muchos años, que ya está totalmente superado, que ni siquiera lo recuerdan bien.

A medida que pasa el tiempo y el monstruo empieza a convencerse de que nada me inmuta (o de que estoy sordo), va aumentando la apuesta, incluyendo que en verdad no se sentiría tan mal si falleciera su papá (sin sufrimiento, claro), que su tía siempre fue tan cariñosa que ha tenido sueños eróticos con ella y así continúa la escalada con un techo inevitable: ningún paciente, por degenerado que sea o se crea, jamás —¡mirá cómo te lo digo!— jamás puede hacer, pensar o decir algo que no sea humano.

En general no tengo coraje para confesarles que estamos irremediablemente encerrados en nuestra patética especie. Capaz que si me animara, ellos tampoco quedarían abrazados al perchero, con los ojos desorbitados y temblando de horror ante tanto infortunio.



domingo, 10 de febrero de 2013

El florista



 
— ¿Podemos compartir la mesa?

— Si.

— Mozo, ¿sírvame un café con leche con tres masas saladas? ¿Quiere algo usted?

— Si. Un vaso de agua.

— Parece que el frío se está yendo de a poco ¿no?

— Ajá... De a poco.

— ¿Usted es de por acá? Nunca lo había visto.

— No. Vivo a unos diez kilómetros de acá.

— ¡Ah! ¿Vende flores por lo que veo?

— Si.

— Acá tiene su agua. ¡Gracias mozo! Es complicado el cultivo de flores ¿no es así?

— No. Yo las consigo en un pantanal que tiene una señora que vive sola a unos veinte kilómetros de acá. Nacen solas, las corto, las ato con alambre, las traigo, las vendo y ya está.

— ¡Qué interesante! ¿y cómo descubrió esa forma de vida?

— Entré a la iglesia una mañana en que estaba desocupado, tenía frío y mucho hambre. El cura decía algo de que Dios cuida a los pájaros y a los lirios del campo dándoles de comer. Salí a buscar lo mío y encontré esto.

— Ah, sí, es una parábola dicha por Jesús.

— ¿Una qué?


martes, 1 de enero de 2013

¿Mi mamá me ama?


Paciente: Aníbal – 19 años. Estudia. Vive con sus padres y hermana.

Analizante — Creo que me estoy enamorando de Cecilia. Menos me mira, más me gusta. ¿Será masoquismo mi enfermedad?

Mi hermana recibía llamadas telefónicas de un hombre grande todas las noches y le decía que dejara de provocarlo colgando su ropa interior en la ventana.

Parece que estaba loco pero el hecho es que un día que llamó, ella puso a funcionar el altavoz del teléfono y lo oímos todo.

Por momentos yo pensé que quizá la loca era ella y que verdaderamente colgaba su ropa interior en la ventana, pero después pude comprobar que no era cierto.

Era un hombre casado que parece que tenía antecedentes como paranoico y se le ocurrían cosas y no había nadie que pudiera convencerlo de que eran imaginaciones suyas.

Por fin se ve que se lo llevaron o se curó porque dejó de llamar.

Tengo muchas ganas de llamarla por teléfono a Cecilia y decirle todo lo que la quiero pero sin decirle quién soy.

Cada vez que nos cruzamos en el lobby del edificio, ella me enloquece con su perfume a jabón de baño. Todos los días se va a trabajar con el pelo mojado y un sweater que le marca los senos y me desespero.

Me imagino casándome con ella, tener muchos hijos y cuando la imagino dándole de mamar a nuestros hijos, el cuadro me enternece hasta que se me caen las lágrimas.

Estoy seguro que si algún día yo juntara el coraje suficiente para decirle cuánto la quiero ella me miraría con desprecio y ni se dignaría a contestarme. Es demasiado mujer para mí. Tiene un año menos que yo pero es de una hermosura de otro planeta.

Me vienen ganas de llorar cada vez que empiezo a ensayar cómo le diría: «Cecilia, quiero hablar contigo...» ............  me pongo a imaginar cómo continuar, y no, no puedo, no puedo.

Sé que no me animaría.

Analista — Tu mamá se llama Ana María. Estás diciendo “no me Ani-María” con la de las «mamas» hermosas. Cecilia no es tu mamá. Quizá no te rechace.

Analizante — ………………………………

Analista — Nos vemos el jueves.


domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Venusina?

Se trata de una joven de probables 35 años que si estuviera en un grupito de tres mujeres sería aquella que menos llama la atención.

Pies y manos pequeñas, cuerpo redondeado, abundante cabellera castaña, ojos tristes y todo lo demás sin particularidades.

Esperamos el ómnibus en el mismo lugar y al cuarto encuentro casual la miré porque me miraba, se acercó y me preguntó: ¿Eres casado o comprometido?

Como pensé que sólo me pediría fuego o la hora, me llamó la atención. Le informé que divorciado y me dijo que le gustaba mi forma de pararme.

Hacía más de tres semanas que estaba alejado del género femenino porque el litigio que tengo con mi ex me hacía odiar al género.

Recordando viejos tiempos, le pregunté si estaba muy apurada porque podríamos estar juntos la media hora que en mi trabajo me permitirían llegar tarde sin que hubiera inconvenientes.

Cuando íbamos a mi apartamento me dijo que ella podía llegar cuando quisiera porque estaba desocupada y cuando subió al ascensor vi que tenía lindos glúteos.

Al cerrar la puerta me abrazó por la cintura y apoyó cariñosamente la cabeza sobre mi pecho. Como yo estaba nervioso me hice un chiste pensando si sería cardióloga.

Tuvimos un sexo extraño, como si ella perteneciera a otra cultura exótica. Marcamos dos orgasmos de baja intensidad ella y uno yo.

Nos vestimos como estaba planificado por mi escaso tiempo. Al llegar nuevamente a la parada del ómnibus le pregunté, seguro de su respuesta: “¿Cuándo nos vemos de nuevo?” y ella, tocándome delicadamente una mano me dijo «Mejor nunca». Me dio un beso-consuelo en la mejilla, tragué saliva y se fue caminando con el ritmo de quien está desocupado.

Sentí como si alguien hubiera apagado el sol tirándole un vaso de agua.






lunes, 5 de noviembre de 2012

Me tranquiliza saber que soy temible


Aunque me lo contó mi padre, esta vez puedo creerle. Él era un gran narrador y se murió sin que yo pudiera saber a carta cabal si inventaba las historias o veía la realidad tan distorsionada como en sus relatos.

Cuando yo tenía 9 años vivía en una casa humilde pero grande. En la misma cuadra habíamos más niños de esta edad y también mayores.

A dos cuadras de ahí se daba una situación similar con otros niños y la rivalidad entre uno y otro grupo no podía resolverse por medio del pacificante fútbol sino que habíamos formado sendos comandos de choque para resolver el conflicto por medio de la confrontación armada. El ganador tendría libre circulación en ambas cuadras y el perdedor tendría que pedir permiso para pasar por la puerta de los ganadores.

En el galpón de mi abuelo construí un escudo con maderas y cartón acanalado más una espada con el palo de una escoba que estaba en uso pero como yo la necesitaba por motivos más urgentes, la desarmé y me castigaron con toda una tarde sin jugar.

Cuando volví a la fabricación de armas, cuenta mi padre que puse el escudo apoyado contra una pared y le pegue un golpe con la espada-palo de escoba.

El escudo de deshizo inmediatamente por razones obvias (pésima construcción) pero cuando me di cuenta de que mi padre había dejado de leer para ver lo que acababa de ocurrir, yo le habría dicho:

— Tengo demasiada fuerza en este brazo.

Luego construí otro escudo, agregándole más maderas y cartones, pero según él, no volví a probarlo “porque mi brazo era demasiado destructivo”.

Cuando se produjo el enfrentamiento, nos fue muy mal y tuvimos que salir corriendo a refugiarnos en nuestras casas. Sin embargo, cuando al otro día nos reunimos en mi casa a merendar, algunos dijeron que este había sido “un voluntario repliegue estratégico”  y otro dijo que sólo había sido “una rectificación de la línea de combate a posiciones más firmes”.

Cuando más adelante tuve que guardar cama por culpa de una enfermedad eruptiva que no recuerdo cuál fue, y mi padre me leía las fábulas de La Fontaine —no teníamos televisión—, él se detuvo al final de «La zorra y la uvas» para contarme que la reacción de la zorra de abandonar su intento alegando que «las uvas están verdes» era muy parecida a mi actitud de no probar el segundo escudo, (tan endeble como el primero), alegando que mi brazo era demasiado fuerte así como también era muy parecida a las explicaciones técnicas de nuestra huida.