martes, 4 de marzo de 2014

Cuando el silencio aturde

Nunca entendí a mi padre.

La pobreza en Cicilia era tremenda y la solidaridad no daba a basto. La cooperación entre los vecinos era la mejor posible pero no había qué repartir.

Recuerdo que mis padres discutían mucho antes de dormirse hasta que un día dejaron de discutir y al día siguiente mi padre partió para América.

Mi madre quedó haciendo más cosas de las que ya hacía y empezaron a ayudarla mis dos hermanos mayores. Yo ayudé dejando de ir a la escuela y quedándome en la casa. Ya había aprendido a leer y escribir.

Cuando alguien volvía del poblado más cercano mi madre se ponía muy nerviosa y luego triste, pero un día, tres años después de aquella partida, llegó la carta tan esperada.

Los acontecimientos se sucedieron entonces con gran precipitación. Dos días después estábamos los cuatro sobre un buque que nos llevaría también a la Argentina.

Acá terminamos de criarnos y mi madre no paraba de pelearlo por haber estado tantos años sin enviar ninguna noticia. Lo interrogaba sobre todo lo que no había podido saber y él apenas contestaba. Mi curiosidad tenía un sólo límite: el miedo a preguntarle yo mismo para sacarme esas dudas que me corroían la mente.

Me enojé mucho con él por los abusos de silencio con que nos castigaba, pero ahora que ya tengo los hijos criados y repaso cómo se fueron dando los acontecimientos de nuestras vidas, los comprendo cuando me critican porque no tengo ganas de hablar.



lunes, 27 de enero de 2014

Genealogía manual

Mi madre se suicidó con un revólver luego de reiteradas advertencias, publicaciones, sugerencias e intentos fallidos.

Me hizo tanto daño vivir durante años esperando una mala noticia que al final no hacía más que desearla porque era peor la amenaza que la concreción.

Si me guío por lo que decía, su vida no tenía razón de ser porque su padre y su hermano la menospreciaban de una forma demasiado agresiva. No así a las otras tres hermanas.

Cuando se alteraba por alguna contrariedad, se enfurecía y su cuerpo se sacudía con movimientos espasmódicos y contracciones faciales llamativas e impresionantes.

Yo tenía terror de portarme mal y para peor no sabía qué era portarse mal porque muchas veces quedé perplejo de que algo tan inocente como explotar una bolsa de papel inflada pudiera ser la causa de un escándalo fenomenal de su parte.

Mi padre era un hombre seductor y elegante. Yo miraba cómo lo miraban otras mujeres cuando mi mamá no estaba y deducía que lo invitaban a que se aproximara y que las tocara.

Una vez entré a la cocina donde estaban mis padres y vi cómo él le tocaba los glúteos. Mi madre se sacudió con movimientos espasmódicos, hizo contracciones faciales llamativas e impresionantes, aunque de lujuria.

Reiteradas veces me perturba dudar si él será mi padre, pero todo esto lo recordé porque acabo de mirarme las manos y, para mi tranquilidad, una vez más constaté que son idénticas a las que tocaron aquellos glúteos.




miércoles, 4 de diciembre de 2013

Cómo estudiar para ser hijo

Me llamo Elvira Reymond y ni el escritor más imaginativo podría adivinar el recorrido que hizo mi mente para llegar a lo que soy: una ingeniera en sistemas informáticos.

En el plano económico y profesional me va bien, en todo lo demás tengo mis dudas.

Según he venido sabiendo gracias a la implacable lentitud del psicoanálisis, la inverosímil historia de mi psiquis es la siguiente:

Mis padres son dos modestos trabajadores, con muchas ambiciones personales que nunca pudieron llegar a materializar por falta de estudios. Se quieren pero cuando se casaron se querían más.

Cuando mi madre quedó embarazada, él le dijo a cuantos pudo que esperaban un varón que llegaría a presidente de la república. Algunos lo oían como a un ebrio, pero mi madre sabía que lo pensaba con total sobriedad.

Mi nacimiento fue un fracaso tan duro que sólo el alcohol pudo calmarlo. Luego comenzaron a quererme como pudieron hasta que empecé a demostrar cierta aptitud para las matemáticas.

Cuando me recibí de ingeniera él descorchó una botella de champagne que tenía guardada desde que nací mujer y en este festejo sentí que me convertía en la hija de mi padre, que el nombre Elvira me lo puso pensando que algún día sucedería este milagro de que su hija se convirtiera en alguien tan valioso como un varón (según su escala de valores, claro) porque este nombre también se oye «El vira» (“virar” significa girar, cambiar de dirección).

Aquel padre casi ausente y casi indiferente, se convirtió en alguien afectuoso, que hablaba de mí con sus familiares y amigos. Mi ánimo cambió porque mejoró mi autoestima y la psicoanalista me hizo notar que había empezado a usar el apellido, que como habrán notado, quiere decir algo así como «rey del mundo».

Ahora tengo la esperanza de que mi vida afectiva pueda empezar a ser más gratificante, porque de a poco iré asumiendo que soy la hija de alguien.




sábado, 9 de noviembre de 2013

Compro necesidades. Voy a domicilio.

Paciente — Mi hijo se quiso suicidar. Agarró el revólver que tengo arriba del ropero y entré al dormitorio justo en el momento en que le había quitado el seguro y lo sostenía sobre las piernas con cara de extraviado.

No entiendo qué le pasa. Más de lo que hacemos por él es imposible. Desde que se casó lo ayudamos de todas las formas posibles y cada vez está más irritable, le habla mal a la madre y a mí ni me mira.

Nosotros siempre le dijimos que esa muchacha no era para él. Es una mujer que no sabe hacer nada, que la comida la compra hecha, que trabaja seis horas en un hospital y dice que necesita a una persona que la ayude con las cosas de la casa.

Ella ya no viene más a casa porque la última vez vino para el cumpleaños de mi esposa y estuvo todo el tiempo con cara de enojo; yo le hice una broma inocente y ella le dijo a mi hijo: «Venís conmigo o me voy sola» y el otro infeliz se fue con ella como un perrito.

Les dimos el apartamento donde viven, les compramos los muebles y máquinas que tienen, me encargo de pagarles la factura de la luz, las expensas y el teléfono. ¡Qué más quieren! Para mí que los jóvenes de ahora son unos desagradecidos porque no saben lo que es sacrificarse para conseguir todo. Con mi esposa hicimos miles de cosas para que a él no le falte nada y ahora mire como nos paga.

... y conste que yo los ayudo con mucho gusto. Para mí es un placer llevar y traer a los hijos al colegio, que también pago yo, por supuesto. Cada vez que se les rompe algo, allá va el estúpido a solucionarles todo.

Terapeuta — ¿Alguna vez su hijo le pidió algo de todo lo que usted les da?

Paciente — No. Que yo recuerde no. ¿Por qué me lo pregunta?

Terapeuta — Quizá su hijo necesita tener necesidades para sentirse útil, usted se las quita y por eso prefiere matarse.

Paciente — Eso que usted dice es un reverendo disparate.

Terapeuta — Lo hablamos en la próxima sesión.



lunes, 7 de octubre de 2013

Doña Flor y sus 4.000 maridos



Interpretando un sueño bastante poco común en mí, llegué a la conclusión de que deseo ser la abeja reina de la ciudad donde vivo.

Veníamos trabajando en mi análisis sobre la relación ambivalente que tengo con mi ginecólogo. Todo comenzó cuando la analista me preguntó algo así como «¿por qué es tan obvio para usted que debe atenderse con un ginecólogo y no con una ginecóloga?».

Esta pregunta me desencadenó una cantidad de conclusiones que hoy en día terminaron en que quiero ser una abeja reina.

El sueño, más la pregunta, me llevaron a entender que en realidad quiero que ese hombre sea el representante de todos los hombres de la ciudad y que todos deseen mi cuerpo para tener hijos conmigo.

Estoy harta de tener que ir a trabajar, me molesta sobremanera tener que luchar, hombro con hombro, con otros hombres (¡cuántas palabras parecidas!), sin poder tomar el rol para el que mi deseo siente que estoy destinada: Ser la Eva de la humanidad, la madre de todos los nuevos seres. Quiero tener el monopolio de la maternidad.

¡No vayan a pensar que soy tonta! Al igual que la abeja reina quiero que me atiendan permanentemente, que se dediquen a cuidarme, que se preocupen en todo momento de que no me falte nada. Quiero que me mimen, que me miren (¡más palabras parecidas!).

Por eso quiero un ginecólogo varón, por eso vivo consultándolo, por eso los días que tengo cita con él son un hito importante en mi vida: me pongo nerviosa cuando me mira la vagina, cuando me la abre, cuando me penetra con su mirada hasta lugares a los que mi propio marido nunca llegó.

¡Pero atención, chicas! Miren que la analista ya me aseguró que no estoy loca sino que esto lo piensan casi todas, sólo que lo procesan en un nivel inconsciente porque a nivel consciente da mucha vergüenza.



martes, 3 de septiembre de 2013

¿Qué quieres decirme?



Gugo se inquietó porque algo nunca le había pasado antes. Levantó las orejas hacia la zona de donde provenía ese olor espantoso pero ningún sonido nuevo venía de ahí.

La noche era tan oscura porque las nubes de todo el día tenían kilómetros de espesor. Apenas se podía ver algo a pocos metros gracias a la mortecina luz que provenía de adentro de la casa de sus amos.

El olor comenzó a ser cada vez más cercano hasta que comenzó a ver esas vibraciones sutiles para las que los humanos son totalmente insensibles.

Pif-pif-piiiif y ese olor nauseabundo que empezaba a provocarle un intenso calor en la nariz. Su cuerpo tembloroso se llenó de miedo. La información milenaria que guardaba en su hiperdesarrollado cerebro le indicó que aquello alguna vez había causado el dolor o la muerte de por lo menos uno de sus antepasados más remotos.

Comenzó a gemir y a gruñir porque las vibraciones se acercaban más y más. Su cuerpo comenzó a inquietarse ruidosamente y no pudo evitar ese ladrido insistente y poderoso necesario para advertir a sus inexistentes compañeros de manada.

Las vibraciones pestilentes ya estaban cerca y Gugo ladraba, aullaba convirtiendo la serenidad de la noche en una escandalosa gritería que encendió más luces en otras casas vecinas. Extrañamente, ningún otro perro respondía a Gugo.

El amo salió con una escopeta en actitud defensiva, trató de ver qué pasaba y no podía entender qué le pasaba al noble Gugo que aullaba y ladraba totalmente fuera de sí, apuntando con su hocico hacia el cubo de los residuos donde el amo nada podía ver.

Gugo vio cómo esas lucecitas malolientes trepaban por el cubo hasta volcarlo. Esto llamó la atención del amo y Gugo no sabía si atacarlas o huir porque era presa de un terror que nunca había pasado por su cuerpo actual.

El amo le gritó algo en tono de «deja de hacer ruido o te castigaré», pero Gugo no pudo obedecer porque el peligro que corrían él y sus amos era enorme, pero estos siempre eran tan torpes que no entendían casi nada de lo que él les venía advirtiendo desde que vivía con ellos. Todos eran muy torpes e ignorantes. Después de cinco años de convivencia había renunciado a intentar orientarlos mejor. Ahora sólo quería que la lucecitas asquerosas huyeran amedrentadas por tanto ruido.

 El amo ingresó a la casa y antes de retomar la lectura, dijo que Gugo se había asustado porque el viento tiró el cubo de la basura.

Las lucecitas comenzaron a retirarse y también su pésimo olor. Gugo pudo calmarse poco a poco, los gruñidos seguían saliendo de su garganta de forma cada vez más espaciada y, finalmente, todo no pasó de ser otra experiencia más en la que sus sabias advertencia fueron incomprendidas por los humanos.

sábado, 3 de agosto de 2013

No lo estropees entendiéndolo


Cuando tenía apenas veinte y pocos años tuve una experiencia que marcó el resto de mi vida.

Amaneció en Solanas del Mar una mañana de cine. El sol entró por la ventana de mi dormitorio y me dio justo en la cara porque había olvidado correr las cortinas al dormirme.

Sentía hambre, me levanté medio dormida y cuando fui a abrir la heladera para comerme algún trozo de pizza que hubiera quedado de la reunión que hicieron mis padres con algunos vecinos, tuve la sensación de ser abrazada y que alguien muy confiable entrara dentro de mí como si fuera una carta que entra en un sobre.

Me dio la orden de ensillar y de cabalgar por la playa. Mecánicamente me vi haciendo eso, el caballo de mi hermana resopló cuando pasé a su lado porque se lleva mejor conmigo que con ella y aprovechando que se había ido, decidí usárselo.

Salimos al paso hasta bajar a la playa y él decidió ir hacia el este. Con las riendas casi sueltas, comenzó caminando y luego empezó con su galope característico que se parece más bien a una alfombra mágica de un cuento de hadas.

Aquel espíritu que había entrado en mí como si fuera una carta con instrucciones, no se había hecho notar hasta que me ordenó aminorar la marcha. A lo lejos, recortado por el contraluz vi a otro jinete como si fuera una publicidad de Marlboro. Seguí avanzando al paso lento pero alegre de Zafiro y la figura empezó a bajar del médano como para interceptarnos.

Cuando finalmente llegamos al vértice de un imaginario ángulo recto, ambos caballo se detuvieron y la mujer me miró. Sentí que algo se me movía en el estómago, tuve miedo aunque ella no parecía atemorizante.

Se bajó de su caballo gris y caminó hacia nosotros compensando las dificultades que provoca la arena suelta. Cuando llegó a donde nosotros estábamos, tendió los brazos como se le hace a un niño para alentarlo a caminar y me sentí impulsada a que mi cuerpo bajara. En sus ojos había una sonrisa y nos empezamos a abrazar sin salir del lugar. Sus manos masajeaban mi espalda y sentí que aquello que había entrado como una carta en un sobre, salía como si ya hubiera llegado al destinatario.

Esta mujer hoy es mi mejor amiga. Nos queremos y nos apoyamos tanto espiritual como materialmente. Aunque vivimos muy distantes una de la otra, hemos pasado por momentos de felicidad y de amargura y ella siempre estuvo en mí como eso tan hermoso que es una amiga.